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P.— ¿Cómo le recibió Himmler?
R.— Himmler me esperaba al pie del vagón. Me abrazó. Resultaba
sorprendente después de la larga pelea que había tenido con el general
Berger, su colaborador más importante.
«Main lieber Degrelle, querido Degrelle— me dice, sonriendo—, todo está
olvidado.»
Yo sonrío, claramente menos que él: «Qué es lo que está olvidado,
Reichsführer?
Más bien desconcertado, se explica: «¡Ah!, que usted estaba contra
nosotros durante la neutralidad belga. »
Me corresponde explicarme: «Yo no estaba ni contra ustedes ni a favor de
ustedes. Yo era neutral. El interés de mi pueblo era quedar fuera de la
guerra. Yo no tenía deberes más que para él. Por tanto, no hay nada que
olvidar.»
«Bien, bien— asiente—. Está bien; ustedes se incorporan a las Waffen SS. »
Siento que voy a explotar: «En absoluto, Reichsführer. No nos incorporamos
a las Waffen SS. ¿De dónde ha salido esa historia? Con el general Berger
he tenido diez días de conversación tensa. Mire, ahí está, pregúnteselo.
La conversación fracasó completamente e incluso nos hemos enfadado. No
podemos entrar así a ciegas en las Waffen SS. Hay que sopesar y equilibrar
semejante decisión. »
Luego, bruscamente, tuve una idea feliz. Miro a Himmler directamente a sus
ojos: «Reichsführer, usted no conoce a mis soldados. ¿Por qué no viene a
verles? Son unos tipos formidables.»
Himmler quedó sorprendido. «Pues sí; en el fondo es una buena idea. Berger,
¿tengo esta semana tiempo libre? ¿Mañana? ¿Dice que sí? Entendido.
Partiremos esta noche. »
Las posiciones ya habían cambiado completamente. Era yo quien llevaba a
Himmler a la grupa.
Tras esos cambios de impresiones pasamos a almorzar. Habían sido invitados
una veintena de generales, evidentemente para impresionar al pobre
visitante belga. Himmler incluso había invitado a Bormann. Así es cómo le
conocí. No era en absoluta el hombre super importante que se ha descrito a
las masas después de la guerra. Más bien era el adjunto discreto, con
aspecto de cantinero. En absoluto fue el árbitro que disponía del porvenir
del mundo.
¿Cómo colocarse en la?
R. —El tren especial de Himmler, como el de Hitler, en el que iba a
pasearme después alguna vez a través de Europa, era todo un mundo: amplio
salón de conferencias, comedor, dormitorios, sala de secretarias, sala de
radio, sala de estenografía, sala de teléfonos, cocinas, dormitorios del
personal. Se podía telefonear a cualquier sitio de Europa.
En esta atmósfera me encontré inopinadamente cara a cara con Himmler, el
número dos del III Reich. Estaría con él un buen número de horas, puesto
que teníamos que recorrer la Prusia oriental y toda Polonia antes de
llegar a nuestro campamento.
Pasamos a la gran mesa de reuniones. El combate iba a comenzar. El hombre
que tenía frente a mi apenas le conocía, pues era la primera vez en mi
vida que me veía con él. Conocía personalmente a Hitler desde 1936, pero
Himmler, de quien verdaderamente dependía en aquel momento nuestra suerte,
era para mí, en el fondo, un desconocido. Y un desconocido de un poder
temible, puesto que las Waffen SS del frente— que no hay que confundir con
unos miles de policías SS que guardaban los campos de concentración—, esas
Waffen SS, estaban adquiriendo unas proporciones gigantescas e iban a
convertirse en el verdadero motor de la nueva Alemania o, más exactamente,
de la nueva Europa.
Himmler era un hombre que parecía bastante desmedrado. Tenía ojos pequeños
y parpadeantes, de miope. Unos carrillos magros. Nariz pálida. No era
precisamente un modelo de fortachón. Uno se preguntaba qué pasaba detrás
de sus lentes. Acompañado por el grueso general Berger— mudo como un mamut
congelado—, Himmler estaba allí, justo delante de mí, agradable y temible.
Yo iba a jugar a fondo. Porque en la vida hay que jugar a fondo. Hay que
saber lo que se quiere; si no, no vale la pena. Ahora bien, lo que yo
quería era, evidentemente, lo contrario de lo que deseaban los Berger y
compañía, que trataban de que los miles de voluntarios belgas pasasen
incondicionalmente bajo las órdenes de un mando de las SS, al igual que
las demás unidades de las Waffen SS europeas, y tal como la Legión
flamenca, incorporada en agosto de 1941.
P.— ¿Puede contarnos más en detalle esa negociación que tuvo con Himmler?
R.— La gran discusión comenzó inmediatamente.
Tanto a Hitler, que se mantenía al corriente por teléfono, como a Himmler,
plantado ante mi y todo sonrisas, les iba a presentar inmediatamente
nuestras propuestas, que en realidad eran condiciones.
Para mí había una cosa clara: nosotros, los combatientes belgas del frente
del Este, nos considerábamos representantes de nuestro pueblo. Y en eso yo
sabia que estaba en la línea exacta de la doctrina hitleriana. En la
concepción hitleriana del poder político la base de todo era el pueblo. No
los partidos. No los bancos. No las pequeñas combinaciones. Sino la gran
realidad carnal que es el pueblo. En consecuencia, cuando gané la partida,
Hitler me dio la razón hasta tal punto que me reconoció como «volksführer»,
es decir «caudillo del pueblo».
Entonces, sin rodeos vanos, le dije a Himmler lo que diría después
personalmente a Hitler, y repetiría a los alemanes hasta el momento en que
todo se puso en orden: «Mientras nuestro pueblo no esté integrado en la
comunidad europea como pueblo igual y libre, no podemos hacer concesiones,
y debemos cerrarnos en banda sin ceder nada de lo que somos.»
P.— Esto era algo tremendo. ¿Cómo reaccionó Himmler?
R.— Himmler empezó por decir que, evidentemente, era preciso que, como en
todas las unidades de las Waffen SS, tuviésemos un mando alemán.
«Imposible, al menos por el momento», le respondí. Cuando la gente de mi
pueblo ejerza tareas de mando en las grandes unidades militares alemanas,
cuando dos o tres gobernadores originarios de mi pueblo dirijan provincias
alemanas convertidas en europeas, cuando ministros procedentes de mi
comunidad popular tengan en sus manos uno o dos ministerios de una Europa
unida, entonces sí se podrá hablar, y con el mayor placer, de
interdependencia. de compenetración, y no de dominación. Pero mientras no
lleguemos a ello no podemos dejarnos absorber sin garantías formales y
debemos conservar íntegra la personalidad de nuestro pueblo.
«Que tengamos interés en protegernos— añadí—, manteniendo con firmeza
ciertas prerrogativas, no tiene nada de hiriente. La política no es
sentimentalismo. La vuestra, no más que la nuestra. Como políticamente la
suerte de nuestro pueblo aun no está resuelta, sólo podemos considerar una
acción en equipo con las Waffen SS si conservamos, en primer lugar,
nuestro mando, condición indispensable, y, en segundo lugar, que nuestra
lengua siga siendo la de nuestra unidad, porque la lengua es el elemento
número uno de auto defensa de cualquier pueblo.»
P.— ¿No quería usted la lengua alemana en su unidad?
R.— «Ustedes— le dije a Himmler— han impuesto la lengua alemana a las
unidades flamencas. Es un error, pues la lengua flamenca forma parte de la
personalidad del pueblo flamenco. Para nosotros, que somos «germanos de
lengua francesa», nuestra característica es precisamente que somos de
lengua francesa, y en esto no es posible transigir. Y digo incluso que
llego a tal punto, que no permitiré por ahora a nadie el uso de la lengua
alemana en nuestra unidad.
Después, ya se verá. Todos los europeos conocerán, sin duda, algún día el
alemán, segunda lengua convertida en vínculo de unión general. Mientras
tanto, nuestra propia lengua es una defensa. En la Europa que está por
construir debemos protegernos. Sin nuestra lengua quizá nos hundiríais.>>
P.— Prácticamente ¿como esperaba usted meter una unidad que halaba francés
en el dispositivo militar del III Reich, mandado en alemán?
R.— Es un hecho que yo nunca admití oficiales alemanes en ningún puesto,
de mando en el seno de nuestras unidades valonas, ni siquiera en los
puestos más modestos. Jamás tuvimos colaboradores alemanes, salvo en las
funciones técnicas y servicios de enlace. Ni un solo alemán mandó nunca
entre nosotros una simple compañía. E incluso esos alemanes que actuaron
como especialistas siempre tuvieron que hablarme en francés y llamarme
«Chef». Seria de mi de quien recibirían ascensos y medallas cuando llegué
a comandante jefe de división. Resultaba incluso algo raro: alemanes
obteniendo galones y condecoraciones de su país solo si un valón se los
concedía.
Hasta ese punto llego a aceptar Hitler la idea de la igualdad de todos en
el seno de una Europa común.
No había ni remotamente nada de vanidad por nuestra parte en ese
comportamiento: éramos excelentes camaradas de los militares alemanes que
estaban de servicio con nosotros; pero quedaba bien claro que nuestra
legión era en todo nuestro feudo, y en el mando teníamos que tener
prerrogativas iguales a las de cualquier comandante jefe alemán.
A Himmler le expuse durante varias horas mi punto de vista, amablemente
pero con firmeza. Yo siempre he dicho todo con firmeza, pues andar con
cumplidos no sirve de nada. Hay que explicar claramente y con franqueza lo
que se piensa, y, de vez en cuando, con un guiño, una palabra amable o una
broma que haga reír, apacigüen y resuelvan el asunto.
P.— ¿Cómo reaccionó Himmler?
R.— Con calma. E incluso amablemente. A medida que la discusión proseguía
yo iba obteniendo, etapa por etapa, tres concesiones capitales: tendríamos
nuestro propio mando, conservaríamos nuestra lengua y seguiríamos con
nuestras banderas nacionales.
También la bandera era un símbolo para nosotros. Ceder en la bandera
hubiese sido ceder moralmente en muchas otras cosas. Nosotros llevamos al
frente ruso una bandera que se remontaba a lo más remoto de nuestra
historia: el espléndido estandarte rojo y blanco de la cruz de Borgoña—
con los bastones nudosos de San Andrés— que nuestros grandes duques de
Occidente, a partir de la Edad Media, habían hecho ondear desde Frisia y
Zelanda al Artois y al Franco-Condado. Carlos el Temerario lo había
blandido en sus combates trágicos contra Luis Xl, en Suiza y en Alsacia.
Nuestras banderas de Borgoña habían conducido a los pueblos de los Grandes
Países Bajos durante siglos. Habían atravesado los Pirineos para ser
adoptadas por la España de Carlos V. Habían surcado con ella los océanos
para ondear en veinte países de América y Asia. Esa bandera, para nosotros,
era sagrada.
Por otra parte, le habíamos puesto los colores— negro, amarillo y rojo— de
la Bélgica castrada de 1830, eso que queríamos al menos salvar, y en la
medida de todas nuestras fuerzas y de nuestros sueños, engrandecer y
glorificar.
También conseguí esto.
Y luego le dije a Himmler: «Evidentemente, conservaremos nuestro capellán.
»
P.— Esto debió traumatizarle.
R.— Desde luego, era chocante. Un capellán católico en las Waffen SS jamás
se hubiera imaginado.
«Escuche— le digo al Reichsführer—, hemos tenido con nosotros en el frente
a magníficos sacerdotes. Han sido nuestros compañeros y nuestro apoyo
moral en medio de los peores combates. ¿Cómo podría pretender usted
entonces, soldado y jefe, que pongamos en la calle a tan valiente
compañeros de lucha, justo cuando vamos a ingresar en las Waffen SS?»
Ese argumento fue decisivo. Un soldado no podía echar a otro soldado.
Había ganado la batalla de los curas.
Tampoco podíamos ceder en este punto. No es que yo fuera clerical. Todavía
me dolían los chichones de los baculazos que me asestó en 1937 el primado
de Bélgica. Pero nuestro pueblo era religioso y no quería sufrir presión
alguna en ese aspecto. Convencí de tal modo a Himmler, que no sólo tuvimos
nuestros sacerdotes, sino que, a continuación, otros sacerdotes fueron
capellanes católicos en otras unidades de las Waffen SS.
El más famoso de ellos fue monseñor Mayol de Lupé, de la División francesa
de las Waffen SS, prelado a la vez truculento y cortés en extremo. Con la
tez escarlata como la de un canónigo de Borgoña, y el rostro alegre y
exuberante, hubiese decorado espléndidamente el «Libro de Horas» de un
primitivo flamenco. Recto sobre su montura, recorría incansable la estepa.
Como Pedro el Ermitaño, estaba dispuesto a abrazar a los infieles, pero
también a romperles el cráneo a golpes de crucifijo si era preciso. Fue,
en el frente del Este el oficial más pintoresco de la División «Carlomagno».
Si hubiésemos ganado habría sido un magnífico cardenal de París. Muy
distinto a los demócratas prelados de hoy, siempre dispuestos a arrimarse
al sol que más calienta, y a abrazarse con el rabino de enfrente.
Nunca les pedí a nuestros capellanes valones que fueran rexistas. Al
contrario, les decía: «Que sean rexistas o no, importa poco; su trabajo
está en las almas y no en las opiniones políticas, papeletas de voto o
reivindicaciones sindicales. Sólo quiero en nuestras filas curas santos. »
Fue así, con el acuerdo de Himmler, como la Santa Iglesia Católica,
Apostólica y Romana entro en 1943 en las aguas bautismales de las Waffen
SS.
P.— ¿Como termino su entrevista nocturna?
R.— El asunto de los curas era pan comido, como los demás. Nuestro debate
duró algo así como siete u ocho horas. Había obtenido la conformidad de
Hitler y de Himmler a todo lo que había reclamado durante semanas en
Berlín y siempre se me negó. Y todo esto en presencia del mismo Berger,
con la lengua pegada como si se hubiera tragado un bidón de goma. No movió
las mandíbulas en toda la noche. Himmler, al acabar, estaba entusiasmado.
Ordenó traer champán francés. Se brindó por la gloria de nuestra unidad. A
las tres de la madrugada nos despedíamos.
Nos separamos, pero no para dormir. Al menos yo. En seguida voy al
vagón-literas de las secretarias de Himmler. Las había muy guapas. Llamo a
la puerta. Aparece una joven Gretchen desgreñada, muy rubia y en camisón:
« Señorita, por favor, vístase, que vamos a trabajar.» De tres a siete de
la mañana, ayudado por mi traductor, que tampoco se fue a dormir, dicté en
francés y en alemán el texto completo de la entrevista.
P.— ¿Desconfiaba todavía?
R.— Más vale gorrión en mano que diez águilas inaccesibles. Permanecí
prudente. El tren había rodado durante el resto de la noche. A las siete y
media se desayunaba. Saludo a Himmler y le presento mis folios: «Creo,
Reichsführer, que lo más sencillo, para que todo quede muy claro, es ver
si lo que hablamos lo hemos comprendido exactamente de la misma manera.
Con ese fin he pasado a limpio nuestra conversación.»
« ¿No ha dormido usted ? »
«La noche, querido Reichsführer, sirve también para trabajar. ¿Tiene usted
la amabilidad de leer este texto? Es eso lo que convinimos?»
Estaba nervioso. Soltó entre dientes un «¡sí, sí!» No era, evidentemente,
lo que con su habilidad había pensado. Pensaba quizá que luego esa
conversación, y sobre todo sus promesas, se diluirían en la niebla de lo
impreciso.
Se caló sus lentes y leyó mi texto, repitiendo sus «sí, sí, eso es; está
bien así».
«En tal caso— susurré entonces—, como he hecho mecanografiar el texto en
doble ejemplar, lo más práctico es que lo rubriquemos y conservemos una
copia cada uno. Así no habrá luego discusiones.» Le entrego pues,
engatusador, mi estilográfica. El la acepta más bien gruñendo. ¡Zas! Y
pone dos veces, con su pequeña letra de pata de mosca, la firma de «Himmler,
Himmler». Yo, en dos segundos, coloco dos grandes «León Degrelle».
Tenía mi carta. Carta que utilizaría hasta el fin.
Así entramos en las Waffen SS con unos derechos bien establecidos, por
escrito y firmados por el propio Himmler, que nos garantizaba una posición
de fuerza para siempre.
Más tarde, alguna vez, esta precaución se reveló como necesaria.
Recibí de Himmler, como suplemento, otros considerables favores. Nuestro
reglamento se transformaría inmediatamente en una brigada motorizada de
asalto. Íbamos así a convertirnos en una potente unidad de choque en el
seno de las Waffen SS.
Obtuve también que nuestro comandante jefe, Lucien Lippert, número uno de
la Escuela Militar belga, un táctico perfecto y un héroe espléndido
siguiera siendo nuestro jefe y ascendiera al grado inmediato superior, es
decir, al de Sturmbannführer de las SS.
Como medida de prudencia suplementaria, y dado que los teléfonos del tren
especial permitían llamar a cualquiera y en cualquier sitio, durante la
noche hablé por teléfono con Lucien Lippert. Le dije a media voz: «Voy con
Himmler; esté en el andén de la estación de Meseritz; llegaremos allí
hacia las once de la mañana. Quiero presentarle personalmente al
Reichsführer antes de que vaya a pasar revista a nuestros soldados.»
Por otra parte, en el desayuno le dije a Himmler, como si fuese algo muy
natural: «Nuestro comandante jefe irá a la estación para esperarnos. No
seria más sencillo que comiésemos juntos en el tren? En seguida iremos al
campamento. Así tendrá usted ocasión de ver a Lippert con calma y de
juzgarle. Lippert es de Arlon; por tanto, de lengua alemana, y le agradará
de verdad.»
P.— ¿Y su pequeño plan funcionó?
R.— A las once Lippert estaba en el andén, impecable, fuerte y rubio como
un héroe germánico. Al finalizar el almuerzo hice que Himmler en persona
le designase SS Sturmbannführer y le confirmase como jefe de nuestra nueva
brigada. Una vez solucionado y bien asegurado todo esto partimos hacia el
campamento. Todos nuestros muchachos estaban magníficamente alineados.
Nuestros oficiales resplandecían como espejos.
Pero yo quería tener el éxito final con nuestro capellán. No porque fuese
cura, sino por tratarse de un asunto simbólico, ya que había obligado a
Himmler a hacer lo que nunca hubiese querido hacer. Himmler pasaba,
saludaba y estrechaba la mano ceremoniosamente a los oficiales uno tras
otro. Al llegar ante un bonachón comandante, bastante grueso, se lo
presenté con voz estentórea: «¡El capellán católico de la SS Sturmbrigade
Valonia!» Himmler le saludó con un resonante «¡señor cura!». En el mismo
momento, ¡clic!, dos disparos de un fotógrafo.
Himmler se vuelve aturdido. «Pero, mein lieber Degrelle (mi querido
Degrelle), ¿para qué esas fotos?»
Y yo le respondo, con la más amable de las sonrisas: «¡Pues para
L´Osservatore Romano. Reichsführer! »
Estallido de risa general. Con buen humor había ganado también aquella
pequeña batalla.
P.— Y de sus proyectos políticos, ¿qué dijo Himmler?
R.— Durante todas esas horas de conversación nocturna pude explicar
cómodamente mis proyectos políticos al gran jefe supremo de las Waffen SS.
Tener a Himmler durante horas a un metro de mi me permitió hacerme una
idea exacta del personaje. Todo lo que le expliqué sobre mi gran plan de
Occidente, Himmler lo escuchó primero más bien con sorpresa, luego con
interés y finalmente dio su conformidad. Por otra parte, el mito borgoñón
se remontaba a lo más profundo de las leyendas germánicas.
Mi plan no perjudicaba en nada a Francia. En aquel momento lo que contaba
es que alguien del Occidente se instalase con solidez en esa palanca
europea. Que fuese un gascón, uno de Turena, o como yo, un valón de sangre
francesa, era exactamente lo mismo. Lo esencial era que alguien de
Occidente alcanzase una posición de fuerza.
Esta posición política la alcancé hasta tal punto que Himmler llegó a dar
su asentimiento por escrito, al estar de acuerdo en todo con lo que le
expuse. Himmler— de acuerdo con Hitler —reconocía que, después de la
guerra, se crearía un gran Estado llamado de Borgoña, que dispondría de su
ejército propio, de sus finanzas, de su propia diplomacia e incluso de su
moneda y servicios postales, y del que yo sería el primer canciller.
Establecía incluso, en lo que yo no pensé nunca, que dispondríamos de un
ancho pasillo hasta el Mediterráneo.
Ese texto no cayó en el vacío. Fue publicado. Uno de los antiguos
ayudantes de Himmler, el doctor Kersten, lo reveló en su libro «Yo fui
confidente de Himmler", en su contenido exacto, dos años después de las
hostilidades. El «Fígaro» de París reprodujo el texto, en lo que me
concierne, el 21 de mayo de 1947, en primera y tercera página, comentado
por el embajador André Francois-Poncet, el primer especialista francés del
III Reich. El «Fígaro>" con esos textos de Himmler y Francois Poncet,
incluyó además el mapa correspondiente.
«El mundo» —declaraba Himmler— verá el renacimiento de la vieja Borgoña,
ese país que fue el centro de las ciencias y de las artes.» Y precisaba: «Será
un Estado modelo, cuya forma será admirada y copiada por todos los países.
»
Francois Poncet analizó en el mismo «Fígaro» estas importantes precisiones
referentes, como él dice, a ese «Estado de Borgoña, mimado y erigido en
Estado modelo. »
El diplomático y académico concluye respecto a tales declaraciones: «Son
de una autenticidad cierta.»
Es auténtico también el pronóstico de Himmler aportado por Kersten: «Creo
que Degrelle, el jefe de los rexistas belgas, será el primer canciller de
Borgoña. »
P.— "Y qué Significaba Francia en todo esto.;
R.— Añadiré con toda honestidad que esa lucha para reconstituir el viejo
baluarte borgoñón fue ante todo, por mi parte, una manifestación de fuerza.
Había suministrado la prueba de que podía hacer que los alemanes aceptasen
un plan que cambiaba totalmente sus antiguos pro yectos o prejuicios. Más
allá, y por encima de la Borgoña, que era una etapa ante todo moral de mi
ofensiva, yo quería que se enderezara todo el Occidente, restablecido en
su unidad, su poderío y su personalidad milenaria.
No se trataba de disminuir Francia, sino de salir, todos juntos, del
atolladero de 1940 y de llegar, arrimando el hombro unos y otros, a un
mayor esplendor. Desde Marsella a Amberes, desde Sevilla a Nimega, de
mejor o peor gana, todos debíamos solidarizarnos. Sólo contaríamos en el
seno de una Europa unida si nos volvíamos a convertir en un todo. La
decisión de Hitler y de Himmler de admitir mi plan borgoñón era el
pedestal sobre el cual podría levantarse de nuevo la magnífica estatua del
Occidente, entero y renovado, y duro como un mármol romano.
Sin esa resurrección plena, franceses o no, sólo hubiésemos sido unos
desperdigados subordinados a merced de las decisiones de un gigante
dominador.
Para nosotros, borgoñones quería decir: occidentales abriendo la primera
brecha.
Y yo hacía de pico abriendo el paso.
Léon Degrelle.
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