Prólogo
Inversión de todos los valores
Fragmento
Este libro está hecho para muy pocos lectores. Puede que
no viva aún ninguno de ellos. Esos podrán ser los que comprendan mi Zaratustra;
¿acaso tengo yo derecho a confundirme con aquellos a quienes hoy se presta
atención? Lo que a mí me pertenece es el pasado mañana. Algunos hombres nacen
póstumos.
Las condiciones requeridas para comprender y para comprenderme luego con
necesidad, las conozco demasiado bien. Hay que ser probo hasta la dureza en las
cosas del espíritu para poder soportar sólo mi seriedad y mi pasión. Hay que
estar acostumbrado a vivir en las montañas, y ver a nuestros pies la miserable
locuacidad política y el egoísmo de los pueblos que la época desarrolla. Hay que
hacerse indiferente; no debe preguntarse si la verdad favorece o perjudica al
hombre... Hay que tener una fuerza de predilección para las cuestiones que ahora
espantan a todos; poseer el valor de las cosas prohibidas, es preciso estar
predestinado al laberinto. De esas soledades hay que hacer una experiencia.
Tener nuevos oídos para una nueva música: nuevos ojos para las cosas más lejanas;
nueva conciencia para verdades hasta ahora mudas, y la voluntad de la economía
en grande estilo; conservar las propias fuerzas y el propio entusiasmo... hay
que respetarse a si mismo, amarse a sí mismo; absoluta libertad para consigo
mismo...
Ahora bien; sólo los forjados así son mis lectores, mis lectores predestinados;
¿qué me importan los demás? Los demás son simplemente la humanidad. Se debe ser
superior a la humanidad por la fuerza, por el temple , por el desprecio …
FRIEDRICH NIETZSCHE
1
Mirémonos de frente. Somos hiperbóreos, y sabemos bastante
bien cuán aparte vivimos. "Ni por tierra ni por mar encontrarás el camino que
conduce a los hiperbóreos." Píndaro ya sabía esto de nosotros. Más allá del
septentrión, de los hielos, de la muerte, se encuentra nuestra vida, nuestra
felicidad... Nosotros hemos descubierto la felicidad, conocemos el camino,
hallamos la salida de muchos milenios de laberinto. ¿Quién más la encontró? ¿Acaso
el hombre moderno? "Yo no sé ni salir ni entrar; yo soy todo lo que no sabe ni
salir ni entrar" así suspira el hombre moderno... Estábamos aquejados de esta
modernidad, de una paz pútrida, de un compromiso perezoso, de toda la
virtuosidad impura del sí y del no modernos. Semejante tolerancia y amplitud de
corazón, que lo perdona todo porque lo comprende todo, es para nosotros viento
de sirocco. Vale más vivir entre los hielos que entre las virtudes modernas y
otros vientos meridionales... Fuimos bastante valerosos: no tuvimos clemencia ni
para nosotros ni para los demás; pero por largo tiempo no sabíamos dónde nos
conduciría nuestro valor. Nos volvimos sombríos, nos llamaron fatalistas.
Nuestro fatum era la plenitud, la tensión, la hipertrofia de las fuerzas.
Teníamos sed de rayos y de hechos; estábamos muy lejos de la felicidad de los
débiles, de la abnegación... En nuestra atmósfera soplaba un huracán; nuestra
naturaleza se oscurecía porque no hallábamos ninguna vía. Ésta es la fórmula de
nuestra felicidad: un sí, un no, una línea recta, una meta...
2
¿Qué es lo bueno? Todo lo que eleva en el hombre el
sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo.
¿Qué es lo malo? Todo lo que proviene de la debilidad.
¿Qué es la felicidad? El sentimiento de lo que acrece el poder; el sentimiento
de haber superado una resistencia.
No contento, sino mayor poderío; no paz en general, sino guerra: no virtud, sino
habilidad (virtud en el estilo del Renacimiento, virtud libre de moralina).
Los débiles y los fracasados deben perecer; ésta es la primera proposición de
nuestro amor a los hombres. Y hay que ayudarlos a perecer.
¿Qué es lo más perjudicial que cualquier vicio? La acción compasiva hacia todos
los fracasados y los débiles: el cristianismo.
3
El problema que presento aquí no consiste en aquello que
la humanidad debe realizar en la serie de las criaturas (el hombre es un fin),
sino en el de tipo de hombre que se debe educar, que se debe querer como el de
mayor valor, como más digno de vivir, como más seguro del porvenir. Este tipo
altamente apreciable ha existido ya muy a menudo; pero como un caso afortunado,
como una emoción, no fue nunca querido. Quizás, por el contrarío, fue querido,
cultivado, obtenido, el tipo opuesto: el animal doméstico, el animal de rebaño,
aquel animal enfermo que se llama hombre: el cristiano...
4
La humanidad no representa una evolución hacia algo mejor
y más fuerte o más alto, como hoy se cree. El progreso no es más que una idea
moderna; esto es, una idea falsa. El europeo de hoy está muy por debajo del
europeo del Renacimiento; un desarrollo sucesivo no es absolutamente, con
cualquier necesidad, elevación, ni incremento, ni refuerzo. En otro sentido, se
verifica continuamente el logro de casos singulares en los diversos puntos de la
tierra y de las más diversas culturas, con las cuales se representa en realidad
un tipo superior: una cosa que, en relación con el conjunto de la humanidad, es
un superhombre. Semejantes casos afortunados de gran éxito fueron siempre
posibles, y acaso serán aún siempre posibles. También generaciones enteras,
razas, pueblos, pueden en ciertas circunstancias constituir un efecto afortunado
de esta especie.
5
No se debe adornar y acicalar el cristianismo; hizo una guerra mortal a este
tipo superior de hombre; desterró todos los instintos fundamentales de este
tipo, de estos instintos extrajo y destiló el mal el hombre malo; consideró al
hombre fuerte como lo típicamente reprobable, como el réprobo.
El cristianismo tomó partido por todo lo que es débil, humilde, fracasado; hizo
un ideal de la contradicción a los instintos de conservación de la vida fuerte,
estropeó la razón misma de los temperamentos espiritualmente más fuertes, enseñó
a considerar pecaminosos, extraviados, tentadores, los supremos valores de la
intelectualidad. El ejemplo más lamentable es éste: la ruina de Pascal, que
creyó que su razón estaba corrompida por el pecado original, cuando sólo estaba
corrompida por su cristianismo.
6
A mis ojos se ha ofrecido un espectáculo doloroso, pavoroso; yo descorrí el velo
que ocultaba la perversión del hombre. En mi boca, semejante palabra está por lo
menos libre de una sospecha, de la sospecha de contener una acusación moral
contra el hombre. Ha sido, pensada por mí - querría destacar esto una vez más,
libre de moralina; y esto hasta el punto de que tal perversión es considerada
por mí precisamente allí donde hasta ahora se aspiraba más conscientemente a la
virtud, a la divinidad. Yo (y esto se adivina) entiendo la perversión en el
sentido de decadencia; sostengo que todos los valores en que hoy la humanidad
sintetiza sus más altos deseos son valores de decadencia.
Considero pervertido a un animal, a una especie, a un individuo, cuando pierde
sus instintos, cuando escoge y predica lo nocivo. Una historia de los
sen-timientos superiores, de los ideales de la humani-dad- y es posible que yo
la escriba-, sería tal vez la explicación de por qué el hombre se ha pervertido
de este modo. Para mi, la misma vida es instinto de crecimiento, de duración, de
acumulación de fuerzas, de poder: donde falta la voluntad de poderío, hay
decadencia. Sostengo que a todos los supremos valores de la humanidad les falta
esta voluntad; que los valores de decadencia, los valores nihilistas, dominan
bajo los nombres más sagrados.
7 LA RELIGIÓN DE LA COMPASIÓN SE LLAMA
CRISTIANISMO.
La compasión está en contradicción con las emociones
tónicas que ele-van la energía del sentimiento vital, produce un efecto
depresivo. Con la compasión crece y se mul-tiplica la pérdida de fuerzas que en
sí el sufrimiento aporta ya a la vida. Hasta el sufrimiento se hace contagioso
por la compasión; en ciertas circunstan-cias, con la compasión se puede llegar a
una pérdida complexiva de vida y de energía vital, que está en una relación
absurda con la importancia de la causa (el caso de la muerte del Nazareno). Éste
es el pri-mer punto de vista; pero hay otro más importante. Suponiendo que se
considera la compasión por el valor de las reacciones que suele provocar, su
carácter peligroso para la vida aparece a una luz bas-tante más clara. La
compasión dificulta en gran medida la ley de la evolución, que es la ley de la
selección. Conserva lo que está pronto a perecer; combate a favor de los
desheredados y de los condenados de la vida, y manteniendo en vida una cantidad
de fracasados de todo linaje, da a la vida misma una aspecto hosco y enigmático.
Se osó llamar virtud a la compasión (mientras que en toda moral noble es
considerada como debilidad); se ha ido más allá; se ha hecho de ella la virtud,
el terreno y el origen de todas las virtudes; pero esto fue cier-tamente hecho
(cosa que se debe tener siempre en cuenta) desde el punto de vista de una
filosofía que era nihilista, que llevaba escrita en su escudo la negación de la
vida. Schopenhauer estaba con ella en su derecho; con la compasión, la vida es
negada y se hace más digna de ser negada; la compasión es la práctica del
nihilismo. Digámoslo otra vez: este ins-tinto depresivo y contagioso dificulta
aquellos ins-tintos que tienden a la conservación y al aumento de valor de la
vida: tanto en calidad de multiplicador de la miseria, cuanto en calidad de
conservador de to-dos los miserables es un instrumento capital para el
incremento de la decadencia; la compasión nos en-cariña con la nada... No se
dice la nada; en lugar de la nada, se dice el más allá, o Dios, o la verdadera
vida, o el Nirvana, la redención, la beatitud... Esta inocente retórica, que
proviene del reinado de la idiosincrasia moral- religiosa, aparece de pronto
bastante menos inocente si se comprende qué ten-dencia se encubre aquí bajo el
manto de frases su-blimes: la tendencia hostil a la vida. Schopenhauer era
hostil a la vida, por esto hizo de la compasión una virtud... Aristóteles vio en
la compasión, como es sabido, un estado de ánimo morboso y peligroso, que fuera
bueno tratar de cuando en cuando con un purgante; consideró la tragedia como una
catarsis... En realidad, partiendo del instinto de la vida, se de-bería crear un
medio para asestar un golpe a una acumulación morbosa y peligrosa de compasión,
como era representada por el caso de Schopenhauer (y también por toda nuestra
decadencia literaria y artística de San Petersburgo a París, de Tolstoy a
Wagner); para hacerla estallar... Nada más malsano en nuestra malsana modernidad
que la compasión cristiana. Ser aquí médico, ser aquí implacable, poner aquí el
cuchillo, esto nos compete a nosotros, esto es nuestro modo de amar a los
hombres; de este modo somos filósofos nosotros, los hiperbóreos.
8
Preciso es decir aquí quiénes son nuestros contrarios: los
teólogos, y todo lo que tiene en su cuerpo sangre de teólogo, toda nuestra
filosofía, es preciso haberla visto dentro de sí; se debe haber muerto por ella
para no admitir más bromas en este punto (la libertad de pensamiento de nuestros
in-vestigadores de la naturaleza y fisiólogos es para mi una broma; les falta la
pasión en estas cosas, el ha-ber sufrido por ellas). Esta intoxicación va mucho
más allá de lo que se cree; yo vuelvo a encontrar los instintos teológicos de la
presunción allí donde hoy se siente la gente idealista, dondequiera que, so
pre-texto de un origen elevado, se pretende el derecho de mirar la realidad con
aire superior y lejano... El idealista, lo mismo que el sacerdote, tiene en su
ma-no todos los grandes conceptos (y no sólo en la mano), los pone en juego, con
benévolo desprecio, contra el intelecto, los sentidos, los honores, el vivir
bien, la ciencia, y ve tales cosas por debajo de sí como fuerzas dañinas y
seductoras, sobre las cuales el espíritu se libra existiendo puramente para sí:
co-mo si la humildad, la castidad, la pobreza, en una palabra, la santidad no
hubiese hasta ahora hecho a la vida un mal infinitamente mayor que cualquier
vicio u otra cosa terrible... El espíritu puro es la mentira pura... Mientras el
sacerdote sea considera-do como una especie superior de hombre, el sacer-dote,
que es el negador, el calumniador, el envenenador de la vida por profesión, no
dará res-puesta a la pregunta: ¿qué es la verdad? Ya se ha in-vertido la verdad
cuando el consciente abogado de la nada y de la negación es considerado como el
re-presentante de la verdad...
9
Yo declaro la guerra a este instinto de teólogos;
dondequiera encontramos sus huellas. El que en su cuerpo tiene sangre de teólogo,
tiene a priori una posición oblicua y deshonesta frente a las cosas. El pathos
que de aquél se desarrolla se llama fe: que es un cerrar los ojos ante sí una
vez para siempre, para no padecer el aspecto de una insanable falsedad. Se hace
así una moral, una virtud, una santidad de esta defectuosa óptica con la que se
observan todas las cosas, se confunde la buena conciencia con la falsa visión,
se exige que ninguna otra cualidad óptica tenga valor en adelante, una vez que
se ha hecho sa-crosanta la propia con los nombres de Dios, redención, eternidad.
Yo exhumo dondequiera el instinto teológico; es la forma más difundida y
realmente más subterránea de falsedad que existe en la tierra. Lo que un teólogo
siente como verdadero debe ser falso: en esto hay casi un criterio de verdad. Su
más profundo instinto de conservación veda que la rea-lidad sea honrada en
cualquier punto o tome sim-plemente la palabra. Donde llega la influencia de los
teólogos, el juicio de valor queda invertido; verda-dero y falso son
necesariamente trocados; lo más nocivo a la vida, aquí es llamado "verdadero":
lo que la eleva, la aumenta, la afirma, la justifica y la hace triunfar, se
llama falso... Si acontece que los teólogos tienden la mano al poder, a través
de la conciencia de los principios o de los pueblos, no dudamos de lo que
sucederá siempre: la voluntad del fin, la voluntad nihilista quiere el poder...
10
Los alemanes me entienden fácilmente cuando digo que la
filosofía ha sido estropeada por la sangre de los teólogos. El sacerdote
protestante es el abuelo de la filosofía alemana, el protestantismo es el pecado
original de esta filosofía. Definición del protestantismo: la hemiplejía del
cristianismo y de la razón... Basta pronunciar las palabras "seminario de
Tubinga" para comprender lo que es en el fondo la filosofía alemana: una
teología insidiosa... Los báva-ros han sido los mejores mentirosos de Alemania;
mienten inconscientemente... ¿De dónde nació la gloria de que al advenimiento de
Kant prevaleciese el mundo de los doctores alemanes, mundo com-puesto en sus
tres cuartas partes de hijos de pasto-res y de maestros? ¿De dónde nació la
persuasión alemana de que con Kant comenzó una crisis de mejoramiento? El
instinto de teólogo que hay en el doctor alemán adivinó qué se hacía entonces
posi-ble... Se abría un camino indirecto hacia el antiguo ideal; el concepto de
mundo verdadero, el concepto de la moral considerada como esencia del mundo (estos
dos pérfidos errores, los más pérfidos de todos los errores), desde entonces, en
virtud de un es-cepticismo mezclado y hábil, eran de nuevo, si no demostrables,
por lo menos no refutables... La ra-zón, el derecho de la razón, no llega tan
lejos... De la realidad se había hecho una apariencia; se había hecho realidad
de un mundo completamente falso, del mundo del ser... El éxito de Kant es
simple-mente un éxito de teólogos; Kant, como Lutero, como Leibniz, fue un
obstáculo más en la probidad alemana, en sí no muy sólida...
11
UNA PALABRA MÁS CONTRA KANT MORALISTA.
Una virtud ha de ser una invención nuestra, una defensa y una necesidad de uno
mismo; en todo otro caso será simplemente un peligro. Lo que no es una condición
de nuestra vida, la perjudica; una virtud derivada simplemente de un sentimiento
de respeto frente al concepto de virtud, como Kant quería, es dañosa. La virtud,
el deber, el bien en sí, el bien con el carácter de la impersonali-dad y de la
validez universal, son quimeras en las que se manifiesta la decadencia, el
último agotamiento de la vida, la cicatería de Königsberg. Las más profundas
leyes de la conservación y del creci-miento ordenan lo contrario; esto es, que
cada cual encuentre la propia virtud, el propio imperativo ca-tegórico. Un
pueblo perece cuando confunde sus deberes con el concepto de deber en general.
Nada arruina más honda y más íntimamente que aquel de-ber impersonal, aquel
sacrificio ante el Moloch de la abstracción.
¡Y no se ha considerado peligroso para la vida el
imperativo categórico de Kant! Sucede que el ins-tinto de los teólogos lo tomó
bajo su protección. Una acción a la cual nos impulsa el instinto de la vida
tiene en el goce la demostración de su justicia; mientras que aquel nihilista de
entrañas dogmáti-co- cristianas consideraba el goce como una obje-ción... ¿Qué
es lo que más rápidamente destruye a un hombre sino el laborar, pensar, sentir,
sin una interna necesidad, sin una elección personal pro-funda, sin alegría,
como autómata, del deber? Ésta, es precisamente la fórmula de la decadencia
hasta el idiotismo... Kant se volvió idiota. ¡Y fue contemporáneo de Goethe! ¡Y
esta araña funesta fue considerada como el filósofo alemán, y lo sigue siendo!...
Me cuidaré de decir lo que pienso de los alemanes...
¿Acaso Kant no vio en la Revolución francesa el paso de la forma inorgánica del
Estado a su forma orgánica? ¿No se preguntó si existía un hecho que puede ser
explicado de otro modo que por una dis-posición moral de la humanidad, de suerte
que con él, de una vez para todas, sea demostrada la tenden-cia de la humanidad
hacia el bien? Respuesta de Kant: Eso es la revolución. El instinto que fracasa
en todo y en todos, la antinaturaleza como instinto, la decadencia alemana como
filosofía, eso es Kant.
12
Dejo a un lado a algunos escépticos, el único ti-po
respetable en la historia de la filosofía; todos los demás desconocen las
primeras exigencias de la probidad intelectual. Todos los que hacen como las
damiselas, esos grandes charlatanes y monstruos, consideran ya como argumentos
los bellos senti-mientos, los altos pechos como un fuelle de la divi-nidad, la
convicción como un criterio de verdad. Por último, Kant intentó también, con
inocencia alemana, dar aspecto científico a esta forma de co-rrupción, a esta
falta de conciencia intelectual, con el concepto de razón práctica; inventó
propiamente una razón hecha a propósito para los casos en que no nos debemos
preocupar de la razón; esto es, cuando oímos la de la moral, el sublime precepto
del "tú debes". Si se considera que en casi todos los pueblos el filósofo es un
desarrollo ulterior del tipo del sacerdote, no nos sorprenderá ya esta herencia
del sacerdote, la acuñación de moneda para sí mis-mo. Cuando se tienen deberes
sagrados, por ejem-plo, el de salvar a los hombres, perfeccionarlos, redimirlos;
cuando se lleva en el pecho la divinidad; cuando se es intérprete de imperativos
ultramunda-nos, con semejante misión se está fuera de todas las valoraciones
simplemente conformes a la razón, se está ya santificado por semejante misión,
se es ya el tipo de un orden superior... ¿Qué le importa a un sacerdote la
ciencia? ¡Está harto por encima de ella! ¡Y el sacerdote ha dominado hasta ahora!
¡Él fijó las nociones de verdadero y de falso!
13
No quitemos valor al hecho de que nosotros mismos,
espíritus libres, somos ya una transmutación de todos los valores, una
declaración viva de guerra y de victoria a todas las viejas ideas de ver-dadero
y no verdadero. Las perspectivas más exce-lentes son las que se han encontrado
más tarde; pero las perspectivas más excelentes son los méto-dos. Todos los
métodos, todas las premisas de nuestra moderna mentalidad científica tuvieron en
contra, durante miles de años, el más profundo des-precio; por ello se estaba
excluido del comercio con los hombres honrados, se pasaba por enemigo de Dios,
por despreciador de la verdad, por poseído del demonio. En calidad de caracteres
científicos se era chandala... Está contra nosotros todo el pathos de la
humanidad, su concepto de lo que debe ser verdadero, de lo que debe estar al
servicio de la ver-dad; todo imperativo tú debes se volvió hasta ahora contra
nosotros... Nuestros objetos, nuestras prácti-cas, nuestra manera silenciosa,
prudente, desconfia-da, todo esto pareció a la humanidad completamente indigno y
despreciable.
Por último, se podrá demandar equitativamente si no fue
justamente un gusto estético el que tuvo a la humanidad en tan larga ceguera;
exigía de la ver-dad un efecto pintoresco; exigía también que el in-vestigador
obrase rudamente sobre los sentidos. Nuestra modestia repugnó durante mucho
tiempo su gusto; ¡oh, cómo adivinaron esos paveznos de Dios!...
14
Hemos renovado los métodos. En todos los campos somos
ahora más modestos. Ya no deriva-mos al hombre del espíritu, de la divinidad; le
he-mos colocado entre los animales. Para nosotros es el animal más fuerte,
porque es el más astuto: conse-cuencia de ello es su intelectualidad. Por otra
parte, nos precavemos de una vanidad que querría hacer oír su voz también aquí;
aquélla según la cual el hombre sería la gran intención recóndita de la
evo-lución animal. No es en modo alguno el corona-miento de la creación; junto a
él, toda criatura se encuentra al mismo nivel de perfección... Y al soste-ner
esto, sostenemos aún demasiado; el hombre es, en un sentido relativo, el animal
peor logrado, el más enfermizo, el más peligrosamente desviado de sus instintos,
aunque por cierto, a pesar de todo esto, es el más interesante.
Por lo que se refiere a los animales, Descartes fue el
primero que con venerable audacia aventuró la idea de considerar al animal como
una máquina; toda nuestra fisiología se afana por demostrar esta proposición.
Pero nosotros, lógicamente, no pone-mos, como Descartes, aparte al hombre, lo
que hoy, en general, se comprende del hombre, llega exacta-mente hasta el punto
en que es comprendido como una máquina. Otrora se concedía al hombre, como un
don proveniente de un poder superior, el libre albedrío; hoy le hemos quitado
incluso la voluntad, en el sentido de que por voluntad no se puede en-tender una
facultad. La antigua palabra voluntad sirve sólo para indicar una resultante,
una especie de reacción individual que sigue necesariamente a una cantidad de
estímulos, en parte contradictorios y en parte concordantes; la voluntad no obra
ya, no mueve ya...
En otro tiempo, en la conciencia del hombre, en el
espíritu, se columbraba la prueba de su alto origen, de su divinidad; para hacer
perfecto al hombre se le aconsejó que ocultara en si los sentidos lo mismo que
las tortugas, que suspendiera sus relaciones con los hombres, que depusiera la
envoltura mortal, entonces habría quedado de él lo principal: el espíritu puro.
También sobre este punto pensa-mos nosotros mejor; el ser consciente, el
espíritu, es considerado por nosotros precisamente como sín-toma de una relativa
imperfección del organismo, como un intentar, un tentar, un fallar; como una
fa-tiga en la que se gasta inútilmente mucha fuerza ner-viosa; nosotros queremos
que una cosa cualquiera pueda ser hecha de modo perfecto hasta cuando es hecha
conscientemente. El espíritu puro es una pura impertinencia; si quitamos de la
cuenta el sistema nervioso y los sentidos, la envoltura mortal, erramos el
cálculo, y nada más.
15
Ni la moral ni la religión entran en contacto en el
cristianismo con un punto cualquiera de la realidad. Causas puramente
imaginarias (Dios, alma, yo, espíritu, libre albedrío y también voluntad no
libre), efectos puramente imaginarios (pecado, redención, gracia, castigo,
perdón de los pecados). Relaciones entre criaturas imaginarias (Dios, espíritu,
alma); una ciencia natural imaginaria (antropocéntrica; falta completa de la
noción de las causas naturales); una psicología imaginaria (completo
desconocimiento de sí mismo, interpretación de sentimientos genera-les
placenteros o desplacenteros; por ejemplo, de los estados del nervio simpático,
con la ayuda del lenguaje figurado de una idiosincrasia religio-sa- moral;
arrepentimiento, remordimiento, tentación diabólica, la proximidad de Dios); una
teología ima-ginaria (el reino de Dios, el juicio final, la vida eter-na). Este
mundo, de pura ficción, se distingue perju-dicialmente del mundo de los sueños,
en que des-valora, niega la realidad. En cuanto el concepto de naturaleza fue
encontrado como opuesto al de Dios, la palabra natural debía ser sinónima de
reprobable; todo aquel mundo de ficción tiene su raíz en el odio contra lo
natural (contra la realidad); es la expresión de un profundo disgusto de la
realidad... Pero con esto todo queda explicado. ¿Quién es el que tiene motivos
para salir, con una mentira, de la realidad? El que sufre por ella. Pero sufrir
por la realidad sig-nifica ser una realidad mal lograda... El predominio de los
sentimientos de desplacer sobre los de placer es la causa de aquella moral y
aquella religión ficticias; pero ese predominio suministra la fórmula de la
decadencia.
16
La crítica del concepto cristiano de Dios nos lleva a
idéntica conclusión. En este concepto venera el cristiano las condiciones en
virtud de las cuales se distinguen sus propias virtudes: proyecta el goce que
encuentra en sí mismo su sentimiento de poderío en un ser al cual pueda estar
agradecido por estas cua-lidades. Quien es rico quiere donar; un pueblo feroz
tiene necesidad de un Dios para hacer sacrificios... La religión, dentro de
estas mismas premisas, es una forma de gratitud. Se es reconocido consigo mismo;
para esto se tiene necesidad de un Dios. Un Dios semejante debe poder ayudar y
damnificar, debe ser amigo y enemigo; se le admira en el bien como en el mal. La
castración, contraria a la naturaleza, de un Dios para hacer de él un Dios sólo
del bien, estaría aquí fuera de toda deseabilidad. Hay necesidad del Dios malo
tanto como del Dios bueno; no se debe la propia existencia precisamente a la
tolerancia, a la filantropía... ¿Qué importancia tendría un Dios que no
conociera la cólera, la venganza, la envidia, el es-carnio, la violencia? ¿Que
no conociera ni siquiera los fascinadores apasionamientos de la victoria y del
aniquilamiento? Semejante Dios no se concebiría; ¿qué objeto tendría? Claro está
que cuando un pueblo perece, cuando siente desvanecerse definitiva-mente la fe
en su porvenir, la esperanza en su libertad, cuando la sujeción le parece la
primera uti-lidad y las virtudes del esclavo son para él condicio-nes de
conservación, entonces su Dios también debe transformarse. Entonces se hace
astuto, mie-doso, modesto, aconseja la paz del alma, el no odiar, la indulgencia
hasta el amor del amigo y del enemi-go. Moraliza siempre, se arrastra en la
caverna de las virtudes privadas, se convierte en Dios para todos, se hace un
hombre privado, cosmopolita... En otro tiempo, el Dios representaba un pueblo,
la fuerza de un pueblo, todo lo que de agresivo y de sediento de poderío anidaba
en el alma de un pueblo: ahora es simplemente el buen Dios...
En realidad, para los dioses no hay otra disyun-tiva: o son la voluntad de
poderío, y entonces serán los Dioses de un pueblo, o son la incapacidad de
poderío, y entonces se hacen necesariamente buenos...
17
Donde en cualquier forma declina la voluntad de poderío,
se da siempre a la vez una regresión fi-siológica, una decadencia. La divinidad
de la deca-dencia, mutilada de sus virtudes y de sus instintos viriles, es ahora
necesariamente el Dios de los dege-nerados fisiológicamente, de los débiles.
Éstos no se llaman a sí mismos los débiles; se llaman los "bue-nos"... Se
comprende sin necesidad de explicaciones en qué momento de la historia se hace
justamente posible la ficción dualística de un Dios bueno y de un Dios malo. Con
el mismo instinto con que los sometidos rebajan su Dios al grado de bien en sí,
cancelan las cualidades buenas del Dios de los ven-cedores: se vengan de su amo,
haciendo del Dios de éstos un diablo. El Dios bueno es así también el diablo;
ambos son partes de la decadencia.
¿Cómo es posible haberse rendido tanto a la simpleza de los teólogos cristianos,
que se haya llegado a decretar con ellos que la evolución del concepto de Dios,
del Dios de Israel, del Dios de un pueblo al Dios cristiano, al compendio de
todos los bienes, es un progreso? Pero el mismo Renan lo decretó así. ¡Como si
Renan tuviera el derecho de ser simple! Sin embargo, lo contrario salta a los
ojos. Si la suposición de la vida "ascendente", si todo lo que es fuerte,
valeroso, soberano, fiero, es eliminado del concepto de Dios; si, paulatinamente,
Dios se rebaja hasta llegar a ser el símbolo de un báculo para los fatigados, un
áncora de salvación para todos los náufragos: si llega a ser el Dios de los
pobres, el Dios de los pecadores, el Dios de los enfermos por excelencia, y el
predicado de salvador, redentor, queda, por decirlo así, como el predicado
divino en general, ¿de qué nos habla semejante transforma-ción, semejante
reducción de la divinidad? En efecto; con esto el reino de Dios ha llegado a ser
más grande. En otro tiempo, Dios sólo tenía su pueblo, su pueblo elegido.
Después se marchó al extranjero, lo mismo que su pueblo, en peregrina-ción, y
desde entonces no residió ya fijamente en parte alguna: desde que se encontró
dondequiera en su casa, él, el gran cosmopolita, desde que no tuvo de su parte
el gran número y la mitad de la tierra. Pero el Dios del gran número, el
demócrata entre los dioses, no por esto se hizo un fiero Dios paga-no; siguió
siendo hebreo, siguió siendo el Dios de todos los rincones y lugares oscuros, de
todos los barrios insalubres del mundo entero... Luego como antes, su reino
mundial es un reino del mundo sub-terráneo, un hospital, un reino de ghetto... Y
él mismo es tan pálido, tan débil, tan decadente... Hasta los más pálidos entre
los pálidos se hicieron dueños de él; los señores metafísicos, los albinos de la
idea. Éstos tejieron lentamente en torno a él su telaraña, hasta que él,
hipnotizado por sus movi-mientos, se convirtió a su vez en una araña, en un
metafísico. Y entonces tejió el mundo, sacándolo de sí mismo- sub specie
Spinozae-; entonces se transfi-guró en un ser cada vez más sutil y pálido, se
con-virtió en ideal, se hizo espíritu puro, llegó a ser lo absoluto, la cosa en
sí... Decadencia de un Dios: Dios se hizo cosa en sí...
18
El concepto cristiano de Dios- el Dios entendido como Dios
de los enfermos, como araña, como espíritu- es uno de los conceptos más
corrompidos de la divinidad que se han forjado sobre la tierra; quizá represente
el nivel más bajo en la evolución descendente del tipo de los dioses. Dios,
degenerado hasta ser la contradicción de la vida, en vez de ser su glorificación
y su eterna afirmación. La hostilidad declarada a la vida, a la naturaleza, a la
voluntad de vivir, en el concepto de Dios. Dios, converti-do en fórmula de toda
calumnia, de toda mentira del más allá. ¡La nada divinizada en Dios, la voluntad
de la nada santificada!
19
El hecho de que las razas fuertes de la Europa
septentrional no hayan rechazado al Dios cristiano no hace honor verdaderamente
a sus cualidades religiosas, para no hablar del buen gusto. Debieran haberse
sacudido semejante aborto de la decadencia, enfermizo, decrépito. Pero como no
se libraron de él, pesa sobre ellas, una maldición; acogieron en todos sus
instintos la enfermedad, la vejez, la con-tradicción; desde entonces no crearon
ya ningún Dios. ¡En casi dos milenios, ni un solo nuevo Dios! Pero, en cambio,
sostuvieron siempre, como si exis-tiera de derecho, como un ultimum y un maximum
de la fuerza que crea los dioses, del creator spiritus en el hombre, este Dios,
digno de compasión, del monótono teísmo cristiano. Esta híbrida creación de
decadencia extraída del cero, que es concepto de contradicción, en la que todos
los instintos de la de-cadencia, todas las vilezas y los tedios del alma
en-cuentran su sanción.
20
No desearía haber ofendido, con mi condenación del
cristianismo, una religión afín, que ha prevalecido sobre el cristianismo por el
número de los que la profesan: el budismo. Ambas están vinculadas entre sí como
religiones nihilistas, son religiones de decadencia; pero se distinguen una de
otra del modo más notable. Si hoy se pueden parangonar entre sí, es cosa de que
el crítico del cristianismo está profundamente agradecido a los doctos indios.
El budismo es cien veces más realista que el cristianismo; tiene en su cuerpo la
herencia de la posición objetiva y audaz de los problemas; viene des-pués de un
movimiento filosófico durante cientos de años; cuando llega, la idea de Dios
está ya acabada. El budismo es la única religión realmente positivista que la
historia nos muestra, aun en su teoría del conocimiento (un severo fenomenalismo);
no habla ya de lucha contra el pecado, sino que, dando plena razón a la realidad,
dice lucha contra el sufrir. Tiene- y esto le distingue profundamente del
cristia-nismo- detrás de sí la automistificación de los con-ceptos morales; está,
hablando en mi lenguaje, más allá del bien y del mal. Los dos hechos
fisiológicos sobre los cuales se funda y que tiene presentes son: en primer
lugar, una excesiva irritabilidad de la sen-sibilidad, que se manifiesta como
refinada capacidad para el dolor; en segundo lugar, excesiva espirituali-zación,
un vivir demasiado largo entre conceptos y procedimientos lógicos, por el cual
el instinto de la persona ha quedado lesionado en provecho del ins-tinto
impersonal (ambos son estados de ánimo, que por lo menos algunos de mis lectores,
los objetivos, conocerán por experiencia como los conozco yo). A base de estas
condiciones fisiológicas se ha produ-cido una depresión: ésta la combate Buda
con la hi-giene. Contra la depresión, emplea la vida al aire libre, la vida
errante; la sobriedad y la selección en los manjares; la prudencia ante los
licores; igual-mente la vigilancia con- tra todas las emociones que producen
bilis y calentamiento de la sangre; ninguna preocupación, ni para sí ni para los
demás. Reclama ideas que calmen y serenen, encuentra medios para desembarazarse
de las ideas contrarias.
Imagina la bondad, el ser bueno, como favorable a la salud. La oración es
excluida, así como el ascetismo; nada de imperativos categóricos, ninguna
constricción en general, ni siquiera en el seno de las comunidades conventuales
(de las cuales se puede salir). Todos éstos fueron medios para fortalecer
aquella excitabi-lidad demasiado grande. Precisamente por esto no exige ninguna
lucha contra los que piensan de modo distinto; contra nada se defiende más su
doctrina que contra el sentimiento de la venganza, de la aver-sión, del rencor
(la enemistad no termina mediante la enemistad: éste es el conmovedor retornello
de todo el budismo)... Y esto con razón: precisamente estas emociones serían
totalmente malsanas con re-lación al fin dietético principal. El cansancio
inte-lectual, que ha encontrado existente, y que se ex-presa en una demasiado
grande objetividad (o sea, debilitamiento del interés individual, pérdida del
centro de gravedad de egoísmo) es combatida por él refiriendo rigurosamente a la
persona los intereses más espirituales. En la doctrina de Buda, el egoísmo se
convierte en deber; la sentencia sólo es necesaria una cosa, la pregunta ¿cómo
te librarás del sufri-miento?, regulan y circunscriben todo el régimen
espiritual. (Quizá se deba recordar aquel ateniense que hizo igualmente guerra a
la ciencia pura, Sócrates, que elevó también, en el reino de los problemas, el
egoísmo personal al grado de moral.)
21
Condición preliminar del budismo es un clima muy suave,
una gran dulzura y liberalidad en las costumbres, la ausencia del militarismo, y
el hecho de que el movimiento tenga su foco en las clases su-periores y hasta en
las clases doctas. Se quiere la se-renidad, la calma, la ausencia de deseos como
meta suprema, y se alcanza esta meta. El budismo no es una religión en que se
aspire simplemente a la per-fección: la perfección es el caso normal.
En el cristianismo aparecen ante todo los intintos de los sojuzgados y de los
oprimidos; los estratos más bajos son los que buscan en él la salvación. En él
la casuística del pecado, la crítica de sí mismo, la inquisición de la
conciencia es ejercida como ocupación, como remedio contra el aburrimiento; sin
cesar se mantiene vivo el afecto hacia un poderoso, llamado Dios (mediante la
oración); lo más alto es considerado inaccesible, es tenido como don, como
gracia. Falta también la publicidad; el es-condite, el lugar oscuro, es
cristiano. El cuerpo es despreciado, la higiene repudiada como sensualidad; la
Iglesia se previene hasta contra la limpieza (la primera medida tomada por los
cristianos en España después de la expulsión de los moriscos fue la clausura de
los baños públicos, de los cuales sólo en Córdoba había unos doscientos setenta).
Cristiano es un cierto sentido de la crueldad, contra sí mismo y contra los
demás; el odio contra los infieles; la voluntad de persecución. Ante todo se
cultivan las imágenes foscas y excitantes: los estados de ánimo más deseados,
designados con los nombres más al-tos, los estados epileptoides: se practica la
dieta para favorecer los estados morbosos y para sobrexcitar los nervios.
Cristiana es la enemistad mortal hacia los poderosos de la tierra, hacia los
nobles y, al mismo tiempo, una secreta concurrencia (se les deja el cuerpo, se
quiere solamente el alma)... Cristiano es el odio contra el espíritu, contra la
fiereza, contra el valor, contra la libertad, el libertinaje del espíritu;
cristiano es el odio contra los sentidos, contra toda clase de goces.
22
Cuando el cristianismo abandonó su primitivo terreno, es
decir los estratos sociales más humildes, el "subsuelo" del mundo antiguo;
cuando alcanzó poderío entre los pueblos bárbaros, no contó ya, como condición
preliminar en su nuevo terreno, con hombres fatigados, sino con hombres
interiormente salvajes que se destrozaban recíprocamente: el hombre fuerte, pero
mal constituido. El descontento de sí propio, el sufrimiento de sí mismo, no es
ya aquí como entre los budistas una excesiva ex-citabilidad y capacidad de
dolor, sino, en cambio, más bien un deseo preponderante de desfogar la tensión
interna en acciones e ideas hostiles. El cris-tianismo tuvo necesidad de
conceptos y valores bárbaros para hacerse dueño de los bárbaros: tales son el
sacrificio del primogénito, el beber sangre en la sagrada comunión, el desprecio
del espíritu y de la cultura; el tormento en todas sus formas, corporal y
espiritual; la gran pompa del culto. El budismo es una religión para hombres
tardíos, para razas bonachonas, suaves, ultraespirituales, que sienten
fácilmente el dolor (Europa no está todavía, ni mucho menos, madura para el
budismo): es una reconducción de aquellas razas a la paz y a la serenidad, a la
dieta en las cosas del espíritu, a un cierto endureci-miento en las cosas
corporales. El cristianismo quie-e dominar sobre animales de presa: su
procedimiento es convertirlos en enfermos: el debilitamiento es la receta
cristiana para la domesticación, para la civilización. El budismo es una
religión encaminada al fin y estancamiento de la civilización, el cristianismo
no encuentra aún la civilización ante sí; en circunstancias la crea.
23
Digamos también que el budismo es cien veces más frío, más
veraz, más objetivo. No tiene necesidad de hacer decentes sus sufrimientos, su
capacidad de dolor, mediante la interpretación del pecado; dice simplemente lo
que piensa: yo sufro. Para el bárbaro, en cambio, el sufrir no es nada de
respetable en sí: precisamente tiene necesidad de una interpretación para
confesarse a si mismo que sufre (su instinto le lleva más bien a negar el
sufrimiento, a soportarlo en silencio). En este caso la palabra diablo fue un
beneficio; de esta manera se consiguió un enemigo muy poderoso y temible, ya no
hubo nece-sidad de avergonzarse de sufrir por tal enemigo.
El cristianismo posee en el fondo algunas suti-lezas que pertenecen al Oriente.
En primer lugar, sabe que es completamente igual que una cosa sea o no sea
verdadera, y que lo que importa es la medida en que es creída verdadera. La
verdad y la creencia en la verdad de una cosa son dos mandos de intere-ses
completamente extraños el uno al otro, son casi dos mundos opuestos, se va del
uno al otro por ca-minos profundamente diversos. Conocer esto forma casi la
sabiduría en Oriente: así lo comprende el brahmán, así lo comprende Platón, y
todos los discípulos de la ciencia esotérica. Si, por ejemplo, se encuentra
alguna felicidad en creerse libres de peca-do, como premisa de esto no es
necesario que el hombre sea pecador, sino que se sienta pecador. Pe-ro si sobre
todo es necesaria en general una fe, se debe desacreditar la razón, la lógica,
la especulación: el camino que conduce a la verdad es un camino ilícito.
Una gran esperanza es un estimulante de la vida mucho mayor que cualquier
felicidad realmente ex-perimentada. Hay que sostener a los que sufren con una
esperanza que no pueda ser contradicha con ninguna realidad, que no pueda ser
eliminada por el cumplimiento; mediante una esperanza en el más allá.
(Precisamente a causa de ésta su idoneidad para sostener a los infelices, la
esperanza fue considerada por los griegos como el mal de los males, como el mal
verdaderamente pérfido: es el fondo de la caja de los males.) Para que sea
posible el amor, Dios debe ser una persona; para que los instintos más bajos
puedan tener voz, Dios debe ser joven. Ante todo hay que poner al fervor de las
mujeres un santo que sea bello, al de los hombres a una María. Porque hay que
establecer la premisa de que el cris-tianismo quiere dominar en un terreno en el
que los cultos afrodisíacos o de Adonis han determinado el concepto del culto.
La exigencia de la castidad re-fuerza la vehemencia y la profundidad del
instinto religioso, hace que el culto sea más ardiente, más entusiasta, más
lleno de alma.
El amor es el estado de ánimo en que el hombre ve con preferencia las cosas tal
como éstas no son. En el amor, la fuerza de la ilusión ha llegado a cul-minar,
así como aquella fuerza que suaviza y transfigura. En el amor se soporta más que
en cualquier otro estado, se tolera todo. Se trataba de encontrar una religión
en que se pudiera ser amado: con esto se está por encima de las peores
vicisitudes de la vi-da, ya no se sienten. Esto por lo que se refiere a las tres
virtudes cristianas: fe, esperanza y amor: yo las llamo las tres habilidades
cristianas. El budismo es demasiado tardío, demasiado positivista, para ser
tenido como sabio en esta forma.
24
Aquí estudio sólo el problema del nacimiento del
cristianismo. La primera proposición para resol-verlo es ésta: el cristianismo
sólo se puede com-prender partiendo del terreno en que ha crecido; no es un
movimiento contrario al instinto judaico; por el contrario, es su consecuencia
lógica, es una ulte-rior conclusión en la terrible lógica de aquel instin-to. En
la fórmula del Redentor: La salvación viene de los hebreos.
La segunda proposición es ésta: el tipo psicoló-gico del Galileo es aún
reconocible, pero sólo en su completa degeneración (que es al mismo tiempo una
mutilación y una enorme adición de rasgos extranje-ros), pudo servir para lo que
estaba destinado, o sea para dar el tipo de un redentor de la humanidad.
Los hebreos son el pueblo. más extraordinario en la
historia del mundo, porque, colocados ante el problema de ser o no ser, con
conciencia totalmente admirable prefirieron el ser a toda costa; y esta costa
fue la falsificación radical de toda la naturaleza, de toda naturaleza, de toda
realidad, de todo el mundo interior, así como de todo el mundo exterior.
Traza-ron un límite contra todas las condiciones en las cuales hasta ahora un
pueblo podía y debía vivir, se crearon para su uso propio un concepto opuesto de
condiciones naturales, invirtieron sucesivamente la religión, el culto, la moral,
la historia, la psicología, de un. modo irremediable, haciendo de él la "con-traposición
de sus valores naturales". Nosotros en-contramos una vez más el mismo fenómeno y
en proporciones enormemente mayores, pero sólo to-davía como una copia: la
Iglesia cristiana carece, frente al pueblo de los santos, de cualquier
preten-sión a la originalidad. Precisamente por esto, los hebreos son el pueblo
más fatal de la historia del mundo: con sus ulteriores efectos hicieron de tal
manera falsa a la humanidad, que aún hoy el cristia-no puede tener sentimientos
antijudaicos sin com-prender que él es la "última consecuencia del judaísmo".
En mi Genealogía de la moral he adoptado por primera vez,
psicológicamente, el concepto de con-traste entre una moral noble y una moral de
rencor, de las cuales la segunda nace del "no" dicho a la primera: pero ésta es
completamente la moral ju-dío- cristiana. Para poder decir no a todo lo que
constituye el movimiento ascendente de la vida, la buena constitución, el poder,
la belleza, la afirma-ción de sí mismo sobre la tierra, el instinto de ren-cor,
hecho aquí numen, tuvo que inventar otro mun-do, partiendo del cual aquella
afirmación de la vida aparecía como el mal, como la cosa más reprobable en sí.
Desde el punto de vista psicológico, el pueblo judío es un pueblo que manifiesta
una fuerza vital tenacísima, y que, colocado en una situación impo-sible, toma
voluntariamente, por la más profunda habilidad del instinto de conservación, el
partido de todos los instintos de la decadencia, no ya dejándo-se dominar por
ellos, sino habiendo adivinado en ellos una fuerza con la cual se puede
desarrollar contra el mundo. Los hebreos son lo opuesto a to-dos los decadentes:
tuvieron que sostener el partido de los decadentes hasta dar la ilusión, y con
un non plus ultra del genio histriónico supieron colocarse en el vértice de
todos los movimiento de decadencia (en calidad del cristianismo de Pablo), para
crear de sí algo más fuerte que un partido cualquiera que afirmase la vida. Para
aquella especie de hombres que en el judaísmo y en el cristianismo llegó al
po-der, la decadencia es una forma sacerdotal, es sólo un medio: esta especie de
hombres tiene un interés vital en hacer que la humanidad enferme y en inver-tir,
en sentido peligroso para la vida y calumniador para el mundo, los conceptos de
bien y mal, verda-dero y falso.
25
La historia de Israel tiene un valor inapreciable como
historia típica de toda desnaturalización de los valores naturales: señalaré
cinco hechos de ésta.
En el origen, sobre todo en la época de los reyes, el mismo Israel estaba en
relaciones justas, o sea naturales, con las cosas todas. Su Javeh era la
expresión de la conciencia de poderío, el gozo de sí mismo, la esperanza de sí
mismo; en él se esperaba victoria y salvación, con él se tenía confianza en la
naturaleza, se aguardaba que la naturaleza diera aquello de que el pueblo tenía
necesidad, sobre todo la lluvia. Javeh es el Dios de Israel y por consi-guiente
el Dios de la justicia: ésta es la lógica de to-do pueblo fuerte y que posee
conciencia perfecta de su propio poder. En los ritos festivos se manifiestan
estos dos aspectos de la afirmación que de sí mismo hace un pueblo: este pueblo
es reconocedor de los grandes destinos en virtud de los cuales ascendió mucho, y
de la sucesión de las estaciones y de su fortuna en el pastoreo y en la
agricultura.
Durante mucho tiempo este estado de cosas es el ideal, aún cuando estaba ya
dolorosamente su-primido en virtud de la anarquía en el interior y de los
asirios en el exterior. Pero el pueblo conservó como aspiración suprema aquella
visión de un rey buen soldado y juez austero: la conservó sobre todo aquel
típico profeta (o sea crítico y satírico del mo-mento) llamado Isaías.
Pero todas las esperanzas resultaron incumplidas. El viejo Dios no podía ya nada
de lo que pudo en otro tiempo. Había que abandonarle. ¿Qué sucedió? Se alteró su
concepción, se desnaturalizó su concepción: a tal precio se conservó. Javeh, el
Dios de la justicia, no fue ya una misma cosa con Israel, una expresión del
sentimiento personal del pueblo: fue desde entonces un Dios bajo condiciones...;
su concepción fue un instrumento en manos de los agitadores sacerdotales, los
cuales desde entonces interpretaron toda fortuna como premio y toda desventura
como castigo de una de-sobediencia a Dios, aquella manera mentirosa de
interpretar un pretenso orden moral del mundo por la cual, de una vez para
siempre, fue invertido el concepto natural de causa y efecto. Cuando con el
premio y el castigo se ha arrojado del mundo la cau-salidad natural, hay
necesidad de una causalidad contraria a la naturaleza; y luego sigue todo el
resto de las cosas innaturales. Un Dios que exige, en lugar de un Dios que
socorre, que aconseja, que es, en el fondo, el verbo de toda feliz inspiración
del valor y de la confianza en sí. La moral no es ya expresión de las
condiciones de vida y de crecimiento de un pueblo, no es ya su más profundo
instinto de vida, sino que se ha vuelto abstracta, se ha vuelto contra-ria a la
vida; la moral es la perversión sistemática de la fantasía, es la mala mirada
para todas las cosas. ¿Qué es la moral judaica, qué es la moral cristiana? Es el
acaso que ha perdido su inocencia; es la des-ventura manchada con el concepto de
pecado; es el bienestar considerado como peligro, como tentación; el malestar
fisiológico envenenado por el gu-sano del remordimiento...
26
El concepto de Dios, falsificado; el concepto de moral,
falsificado; a este punto no se ciñó el sacerdote judaico. No podemos utilizar
toda la historia de Israel: echémosla lejos. Así dijeron los sacerdotes.
Estos sacerdotes realizaron aquel prodigio de falsificación, del cual es prueba
gran parte de la Bi-blia: transfirieron al campo religioso el pasado de su
propio pueblo con un incomparable desprecio de toda tradición, de toda realidad
histórica; es decir, hicieron de aquel pasado un estúpido mecanismo de salvación,
un mecanismo de culpa contra Javeh y del consiguiente castigo, de devoción a
Javeh y del consiguiente premio. Experimentaríamos una im-presión mucho más
dolorosa de este vergonzoso acto de falsificación de la historia, si la
interpretación eclesiástica de la historia, desde hace milenios acá, no nos
hubiese hecho obtusos para las exigencias, de la probidad in historicis. Y los
filósofos secundaron a la Iglesia: la mentira del orden moral del mundo invadió
todo el campo de la filosofía mo-derna. ¿Qué significa orden moral del mundo?
Que hay, de una vez para siempre, una voluntad de Dios respecto de lo que el
hombre debe hacer o dejar de hacer; que el valor de un pueblo, de un individuo,
se mide por el grado de obediencia prestada a la vo-luntad divina; que en los
destinos de un pueblo, de un individuo, se muestra como dominante la vo-luntad
de Dios, o sea como punitiva y remunerativa, según el grado de obediencia. La
realidad puesta en el lugar de esta miserable mentira, significa: una raza
parasitaria de hombres que prospera únicamente a expensas de todas las formas
sanas de la vida, la ra-za del sacerdote, que abusa del nombre de Dios, que
llama reino de Dios a un estado social en el que el sacerdote fija el valor de
las cosas, que llama volun-tad de Dios a los medios con los cuales semejante
estado es conseguido o conservado; que, con frío egoísmo, mide los pueblos, los
tiempos, los indivi-duos, por el hecho de que ayuden o contraríen el predominio
de los sacerdotes. Obsérvese cómo tra-bajan los sacerdotes: en manos de los
sacerdotes hebreos la gran época de la historia de Israel se convirtió en una
época de decadencia; el destierro, la larga desventura, se transformó en un
eterno cas-tigo por la gran época, por una época en que el sa-cerdote no era aún
nada. De las grandes figuras de la historia de Israel, de aquellas figuras, muy
libres, hicieron, según las necesidades, miserables hipócri-tas o socarrones o
ateos, simplificaron la psicología de todo gran acontecimiento en la fórmula
idiota de obediencia o desobediencia a Dios. Un paso más, la voluntad de Dios (o
sea las condiciones de conser-vación del poder de los sacerdotes) debe ser
cono-cida; a este fin es necesaria una gran falsificación literaria, es
descubierta una Sagrada Escritura, es publicada bajo la pompa hierática, con
días de ex-piación y lamentaciones sobre el largo pecado. La voluntad de Dios
estaba fijada durante dilatado tiempo: la desgracia fue que el pueblo se alejó
de ella... Ya Moisés había recibido la revelación de la voluntad de Dios... ¿Qué
sucedió? El sacerdote ha-bía formulado, con rigor y pedantería, de una vez para
siempre, hasta los grandes y pequeños im-puestos que se debían pagar (sin
olvidar los mejores trozos de carne, porque el sacerdote es un gran de-vorador
de bistec), lo que quiere tener, lo que es voluntad de Dios... Desde entonces
todas las cosas de la vida quedaban reglamentadas de modo que el sacerdote era
en todas partes indispensable; en to-das las vicisitudes naturales de la vida,
en el naci-miento, en el matrimonio, en las enfermedades, en la muerte, para no
hablar del sacrificio (de la Cena), aparece el santo parásito, para quitarles su
carácter natural, o, según su lenguaje, para santificarlas...
Porque hay que comprender esto: toda costumbre natural, toda institución natural
(Estado, tribunales, bodas, asistencia a los enfermos y a los pobres), toda
exigencia inspirada por el instinto de la vida, en resumen, todo lo que tiene en
sí su valor, es, por el parasitismo del sacerdote (o del orden moral del mundo),
privado sistemáticamente de va-lor, opuesto a su valor: y luego es precisa una
san-ción, es necesario un poder valorizador que niegue en aquellas cosas la
naturaleza, y cree para ellas pre-cisamente un valor... El sacerdote desvalora,
quita santidad a la naturaleza: a este precio, en general, existe. La
desobediencia de Dios, o sea al sacerdote, a la ley, recibe de ahora en adelante
el nombre de pecado: los medios para reconciliarnos con Dios son, como se ha
convenido, medios por los que la sujeción al sacerdote es garantizada aún
profunda-mente: el sacerdote es el único que puede salvar...
Desde el punto de vista psicológico, en toda so-ciedad u
organización sacerdotal los pecados se ha-cen indispensables: son los verdaderos
manipuladores del poder; el sacerdote vive de los pecados, tiene necesidad de
que haya pecadores... Principio supremo: "Dios perdona a los que hacen
penitencia"; en otros términos: Dios perdona a quien se somete al sacerdote.
27
En este terreno tan falso, en que toda la natura-leza,
todo valor natural, toda realidad tenía contra sí los más profundos instintos de
la clase dominante, creció el cristianismo, forma de enemistad mortal hacia la
realidad aún no superada. El pueblo santo, que para todas las cosas sólo
conservaba valores sacerdotales y palabras sacerdotales, y, con una lógi-ca de
argumentación que puede inspirar terror, ha-bía separado de sí como ejemplo,
como mundo, como pecado, todo lo que de poderío existía aún en la tierra; este
pueblo creó por instinto una última fórmula, lógica hasta la negación de sí
misma: como cristiano, negó hasta la última forma de la realidad, el pueblo
santo, el pueblo de los elegidos, la misma realidad hebrea. Éste es un caso de
primer orden: el pequeño mundo insurreccional que fue bautizado con el nombre de
Jesús de Nazaret, es una vez más el instinto judaico, en otros términos, el
instinto de los sacerdotes que no soporta ya al sacerdote como realidad; es la
invención de una forma de existencia aún más abstracta, de una visión del mundo
aún más irreal que la que va unida la organización de una Iglesia. El
cristianismo niega a la Iglesia.
Yo no sé contra quién se dirigía la insurrección de la cual Jesús fue
considerado acertada o equivo-cadamente como autor, si no fue contra la Iglesia
judaica, dando a la Iglesia exactamente el sentido en que hoy tomamos esta
palabra. Fue una insurrección contra los buenos y los justos, contra los Santos
de Israel, contra la jerarquía de la sociedad, no contra la corrupción de la
sociedad, sino contra la casta, el privilegio, el orden, la fórmula; fue la
incredulidad en los hombres superiores, un no dicho a todo lo que era sacerdote
y teólogo. Pero la jerarquía que con aquella insurrección, aun cuando no fuera
sino por un momento, se puso en pleito, era la construcción lacustre en que el
pueblo hebreo continuó existiendo sobre las aguas, la última posibilidad
fatigosamente conseguida de sobrevivir, el residuo de su existencia política
particular: un ataque contra ella era un ataque contra el más profundo instinto
del pueblo, contra la más tenaz voluntad de vivir de un pueblo que jamás ha
existido en la tierra.
Este santo anárquico, que llamó a la revuelta contra el orden dominante al bajo
pueblo, a los réprobos y pecadores; a los chandala, en el seno del judaísmo, con
un lenguaje, si hemos de dar fe a los Evangelios, que aun hoy conduciría a un
hombre a la Siberia, fue un delincuente político en la medida en que los
delincuentes políticos eran posibles en una comunidad absurdamente impolítica.
Esto le condujo a la Cruz. Murió por su culpa; falta todo motivo para creer que
muriera por culpa de otros, aunque esto se ha sostenido repetidamente.
28
Cosa completamente distinta es si tuvo en gene-ral
conciencia de semejante contradicción, o si no fue simplemente considerado como
esta contradic-ción. Y justamente aquí toco yo el problema de la psicología del
redentor.
Confieso que pocos libros leo con tanta dificul-tad como los Evangelios. Estas
dificultades son di-ferentes de aquellas en cuya demostración la docta
curiosidad del espíritu alemán ha conseguido uno de sus más innegables triunfos.
Es ya remoto el tiempo en que también yo, como todo joven docto, saboreaba, con
la prudente lentitud de un filólogo refinado, la obra del incomparable Strauss.
Tenia entonces veinte años: hoy soy demasiado serio para estas cosas. ¿Qué me
importan a mí las contradic-ciones de la tradición? ¿Cómo se puede llamar
tra-diciones a las leyendas genéricas de santos? Las historias de santos son la
literatura más equívoca que existe: emplear con ellas métodos científicos, "si
no poseemos otros" documentos, me parece cosa condenada a priori; es un simple
pasatiempo de eruditos.
29
Lo que a mí me importa es el tipo psicológico del
redentor. Éste podría estar contenido en los Evangelios a despecho de los
Evangelios, por cuanto éstos son mutilados o sobrecargados de ras-gos extraños:
como el tipo de Francisco de Asís está contenido en sus leyendas a despecho de
sus leyen-das. No se trata de la verdad sobre aquello que él ha hecho o dicho,
sobre el modo como murió real-mente, sino del problema de si su tipo puede ser
en general representado aún, si es tradicional.
Las tentativas que yo conozco de leer en los Evangelios hasta la historia de un
alma, me parecen pruebas de una ligereza psicológica abominable. El señor Renan,
este payaso in psicologicis, ha aporta-do para su explicación del tipo de Jesús
las dos ideas más inadecuadas que a este propósito se pu-dieran imaginar: la
idea de genio y la idea de héroe (heros). Pero si hay una idea poco evangélica,
es la idea de héroe. Aquí se ha convertido en instinto precisamente lo contrario
de toda lucha, de todo sentimiento de lucha: aquí, la incapacidad de resistir se
hace moral (no resistir al mal es la más profunda palabra del Evangelio, en
cierto sentido es su clave), la beatitud está en la paz, en la dulzura del ánimo,
en la imposibilidad de ser enemigos. ¿Qué significa la buena nueva? Significa
que se ha hallado la verdade-ra vida, la vida eterna, no en una promesa, sino
que ya existe, está en nosotros; como un vivir en el amor, en el amor sin
detracción o exclusión, sin distancia. Cada uno de nosotros es hijo de Dios...;
Jesús no pretende absolutamente nada por sí solo; cada uno de nosotros es igual
a otro como hijo de Dios...
¡Hacer de Jesús un héroe!... ¡Y qué error la pala-bra genio! Todo nuestro
concepto, todo concepto de espíritu propio de nuestra cultura carece de sen-tido
en el mundo en que vive Jesús. Para hablar con el rigor del fisiólogo, aquí
estaría en su puesto otra palabra... Nosotros conocemos un estado de mor-bosa
excitabilidad del sentido del tacto, que retroce-de ante todo contacto, ante la
idea de apresar cualquier objeto sólido. Transportemos a su última lógica
semejante habitus fisiológico, como odio ins-tintivo de toda realidad, como una
fuga a lo intangi-ble, a lo incomprensible, como repugnancia a toda fórmula, a
toda noción de tiempo y de espacio, a to-do lo que es fijo, costumbre,
institución, Iglesia; como un habitar en un mundo no tocado de ningu-na especie
de realidad, en un mundo simplemente interior, verdadero, eterno... "El reino de
Dios está en vosotros"...
30
El odio instintivo contra la realidad es conse-cuencia de
una extrema incapacidad de sufrimiento y de irritación, que no quiere ya ser en
general toca-da, porque de todo contacto recibe una impresión demasiado profunda.
La exclusión instintiva de todo lo que nos re-pugna, de toda enemistad, de todo
límite y distancia en el sentimiento, es consecuencia de una extrema incapacidad
de sufrimiento y de irritación, que siente ya como un dolor intolerable (o sea
como no-civo, como desaconsejado por el instinto de con-servación) toda
resistencia, toda necesidad de resistir, y sólo conoce la beatitud (el placer)
en no oponerse ya a nada, ni al alma ni al bien, y con-siderar el amor como la
única, como la última posi-bilidad de vida.
Éstas son las dos realidades fisiológicas sobre las cuales y de las cuales ha
crecido la doctrina de la redención. La llamo un sublime ulterior desarrollo del
hedonismo sobre bases completamente morbo-sas. Contiguo a éste, si bien con
fuerte adición de vitalidad y fuerza nerviosa griega, está el epicureísmo, la
doctrina pagana de la redención. Epicuro fue un decadente típico: yo fui el
primero en recono-cerle como tal. El miedo al dolor, hasta de lo que en el dolor
hay de infinitamente pequeño, no puede fundar otra cosa que una religión del
amor.
31
Por anticipado he dado mi respuesta al problema. Su
premisa es ésta: que el tipo del Redentor nos ha sido transmitido de un modo
completamente desfigurado. Esta desfiguración tiene en sí mucha verosimilitud:
semejante tipo no podía, por muchas razones, subsistir puro, entero. El ambiente
en que se movió esta extraña figura debió dejar huellas en él, y aún más la
historia, la índole de las primeras comunidades cristianas: esta índole,
reaccionando sobre el tipo, lo enriqueció con rasgos que se deben interpretar
como motivados por el proselitismo y con fines de propaganda. Aquel mundo
extraño y enfermizo en que nos introducen los Evangelios, un mundo que parece
salido de una novela rusa, en que los desechos de la sociedad, las enfermedades
ner-viosas y un pueril idiotismo parecen darse cita, debe en todo caso haber
formado el tipo más grosero: particularmente los primeros discípulos traducen en
su propia crudeza un ser ondulante constantemente entre símbolos y cosas
incomprensibles, para poder comprender de ellos alguna cosa; para ellos, el tipo
no existió hasta que pudo ser adaptado a otras for-mas más conocidas. El
profeta, el Mesías, el futuro juez, el maestro de moral, el taumaturgo, Juan
Bautista, fueron otras tantas ocasiones para hacer que variase el tipo...
Finalmente, no despreciemos lo que es propio de toda gran veneración,
especialmente de una ve-neración sectaria; ésta borra en la criatura venerada
los rasgos originales, a menudo penosamente extra-ños, y las idiosincrasias: ni
los ve siquiera. Habría que lamentar que un Dostoyevsky no hubiera vivido cerca
de este interesantísimo decadente, o sea un hombre que supiera sentir
precisamente el encanto irresistible de semejante mezcla de sublimidad, de
enfermedad y de puerilidad. Un último punto de vista: el tipo podría, en calidad
de tipo de decaden-cia, haber sido efectivamente múltiple y contra-dictorio de
modo particular: no se puede excluir to-talmente tal posibilidad. Sin embargo,
todo nos in-duce a negarla: precisamente en este caso la tradición debería ser
notablemente fiel y objetiva; pero nosotros tenemos razón para admitir lo
con-trario de esto. Entretanto es manifiesta una contra-dicción entre el
predicador de la montaña, del lago y de los campos, cuya aparición exige una
especie de Buda sobre un terreno mucho menos indio, y aquel fanático del ataque,
aquel enemigo mortal de los teólogos y de los sacerdotes, que la malignidad de
Renan glorificó como le grand maitre en ironie. Yo mismo no dudo que una
cantidad copiosa de bilis (y hasta de esprit) se haya vertido sobre el tipo del
maestro por el estado de ánimo excitado de la pro-paganda cristiana: se conoce
muy bien la falta de es-crúpulos de todos los sectarios cuando hacen la propia
apología partiendo de su maestro. Cuando la primera comunidad necesitó de un
teólogo judi-cante, litigante, furioso, malignamente sutil, contra los teólogos,
se creó su Dios según sus necesidades: y sin ambages puso en su boca aquellos
conceptos totalmente no evangélicos de que no podía prescin-dir, los del retorno,
del juicio final, de toda clase de expectaciones y promesas temporales...
32
Insisto que no admito que se introduzca el fa-nático en el
tipo del redentor: la palabra impérieux, de que se sirve Renan, ya basta por sí
sola para anular el tipo. La buena nueva es precisamente ésta, que ya no hay
contradicciones; el reino de los cielos pertenece a los niños; la fe que se hace
sentir no es una fe conquistada, existe, es desde el principio, es, por decirlo
así, una puerilidad referida al campo es-piritual. El caso de la pubertad
retrasada y no desa-rrollada, en el organismo, como lógica consecuencia de la
degeneración, es familiar por lo menos a los fisiólogos.
Semejante fe no se encoleriza, no censura, no se defiende, no empuña la espada,
no sospecha siquie-ra en qué medida podría un día dividir a los hom-bres. No se
demuestra ni con los milagros, ni con premios, ni con promesas, y mucho menos
con la escritura: ella misma es en todo momento su mila-gro, su premio, su
demostración, su reino de Dios. Esta fe no se formula siquiera, vive y se guarda
de las fórmulas. Ciertamente, el caso del ambiente, de la lengua, de la
educación, determina cierto círculo de ideas: el cristianismo primitivo manipula
únicamente ideas semiticojudaicas (el comer y beber en la Santa Cena forma parte
de tales ideas; de esta idea abusó malamente la Iglesia, como de todo lo
ju-daico). Pero cuidémonos de ver en esto más que un lenguaje figurado, una
semiótica, una ocasión de crear símbolos. Para este antirrealista el hecho de
que ninguna palabra fuera tomada a la letra era la condición preliminar para
poder hablar en general. Entre los indios se habría servido de las ideas de
Sankhyam, entre los chinos, de las de Laotse, sin encontrar diferencias entre
éstas. Con una cierta to-lerancia en la expresión, podríamos decir de Jesús que
era un espíritu libre, rechazaba todo lo dogmático: la letra mata, todo lo que
es dogmático mata. El concepto, la experiencia, la vida, como sólo él la co-noce,
se opone para él a toda especie de palabra, de fórmula, de ley, de fe, de dogma.
Sólo habla de lo más entrañable: vida, o verdad, o luz son las pala-bras de que
se sirve para indicar las cosas más inti-mas; todo lo demás, toda la realidad,
toda la naturaleza, la lengua misma, sólo tiene, para él el valor de un signo,
de un símbolo.
En este punto no debemos engañarnos, por grande que sea la seducción que existe
en el prejuicio cristiano, o, mejor, eclesiástico: semejante simbolista por
excelencia está fuera de toda religión, de toda idea de culto, de toda historia,
de toda ciencia natural, de toda experiencia del mundo, de toda ciencia, de toda
política, de toda psicología, de to-dos los libros y de todas las artes; su
sabiduría con-siste precisamente en que creer que existan cosas de este género
es pura locura. La cultura no le es cono-cida ni de oídas, no tiene necesidad de
luchar contra ella, no la niega... Lo mismo se puede decir del Es-tado, de toda
organización y de la sociedad burgue-sa, del trabajo, de la guerra; no tuvo
nunca motivo para negar el mundo, ni siquiera sospechó el con-cepto eclesiástico
del mundo...; precisamente lo que no puede hacer es negar.
También falta la dialéctica, falta la idea de que una fe, una verdad, puede ser
demostrada con ar-gumentos (sus pruebas son luces internas, senti-mientos
internos de placer y afirmaciones internas de sí mismo, simples pruebas de
Fuerza). Semejante doctrina no puede ni siquiera contra-decir; no comprende que
haya otras doctrinas, que pueda haberlas: no sabe imaginar un criterio opuesto...
Cuando lo encuentra se entristece, por íntima compasión, de la ceguera- porque
ve la luz-, pero no hace objeciones.
33
En toda la psicología del Evangelio falta el concepto de
culpa y castigo y asimismo el de recompensa. El pecado, cualquier relación de
distancia entre Dios y el hombre, es abolido; precisamente ésta es la buena
nueva. La felicidad no es prometida, no está sujeta a condiciones, es la única
realidad; lo demás son signos que sirven para hablar de ella... La consecuencia
de tal estado de ánimo se pro-yecta en una nueva práctica, en la verdadera
práctica evangélica. Lo que distingue al cristiano no es una fe: el cristiano
obra, se distingue, por otro modo de obrar. Se distingue en que no ofrece
resistencia, ni con sus palabras ni con su corazón, a quien le hace daño; no
hace diferencia entre extranjero y conciu-dadano, entre hebreos y no hebreos (el
prójimo es realmente el compañero de fe, el hebreo); el que no se encoleriza
contra nadie ni desprecia a nadie; el que no se deja ver en los tribunales ni
reclama cosa alguna (no jurar); el que en ningún caso, ni siquiera cuando está
demostrada la infidelidad de la mujer, se separa de su mujer. Todo esto, en el
fondo es un solo principio, es consecuencia de un solo instinto.
La vida del redentor no fue otra cosa que esta práctica,
su misma muerte no fue nada más... No te-nía ya necesidad de fórmulas ni de
ritos en sus rela-ciones para con Dios, ni siquiera de la oración. Quiso
prescindir de toda la doctrina judaica, de la penitencia y de la reconciliación:
sabe que única-mente la práctica de la vida es la que hace que el hombre se
sienta divino, bienaventurado, evangéli-co, en todo tiempo hijo de Dios. No
penitencia, no la "oración" para obtener el "perdón" son las vías que conducen a
Dios: únicamente la práctica evan-gélica conduce a Dios, ¡ella es precisamente "Dios"!
Lo que suprimió el evangelio fue el judaísmo de las ideas de pecado, perdón de
pecado, fe, salvación mediante la fe; toda la doctrina eclesiástica judía fue
negada en la buena nueva. El profundo instinto del modo como se debe vivir para
sentirse en el cielo, para sentirse eterno, mientras que con toda otra actitud
no se siente uno en el cielo: ésta únicamente es la realidad psicológica de la
redención. Una nueva conducta, no una nueva fe …
34
Si yo entiendo algo de este gran simbolista, es el hecho
de que tomó como realidades, como verda-des, únicamente las realidades
interiores, que com-prendió todo lo demás, todo lo que es natural: el tiempo, el
espacio, la historia, como signos, como ocasiones para imágenes. La idea de hijo
del hom-bre no es la de una persona concreta, perteneciente a la historia, algo
de singular, de único, sino un he-cho eterno, un símbolo psicológico separado de
la noción de tiempo. Lo mismo puedo decir, y en el más alto sentido, del Dios de
este simbolista típico, del reino de Dios, del reino de los cielos, de la
cua-lidad de hijos de Dios. Nada menos cristiano que la crudeza de la Iglesia,
que imagina un Dios como una persona, un reino de Dios que viene, un reino de
los cielos puesto más allá, un hijo de Dios que es la segunda persona de la
trinidad. Todo esto es-perdóneseme la expresión- un puñetazo en los ojos (¡ oh,
y sobre que ojos!) del Evangelio: un cinismo histórico mundial en la irrisión
del símbolo... Y, sin embargo, es evidente lo indicado con los signos de padre y
de hijo (no es evidente para todos, lo ad-mito); con la palabra hijo se expresa
la introducción en un sentimiento de transfiguración de todas las cosas (la
beatitud); con la palabra padre se expresa este mismo sentimiento: el
sentimiento de la eterni-dad y de la perfección. Me avergüenzo de pensar lo que
la Iglesia ha hecho de este símbolo: ¿No ha puesto en el umbral de la fe
cristiana una historia de Anfitrión? ¿Y no ha añadido un dogma de la inma-culada
concepción? Pero de este modo ha maculado la concepción...
El reino de los cielos es un estado del corazón, no una cosa que advierte en la
tierra o después de la muerte. Todo el concepto de la muerte natural falta en el
Evangelio: la muerte no es un puente, un paso; falta porque es propia de un
mundo completamente diverso, puramente aparente, útil sólo para fabricar signos
con que expresarnos. La hora de la muerte no es un concepto cristiano: la hora,
el tiempo, la vida física y sus crisis no existen para el maestro de la buena
nueva... El reino de Dios no es cosa esperada: no tiene un ayer ni un mañana, no
llegará dentro de mil años, es una esperanza de un corazón, está en todas partes
y en ninguna...
35
Este dulce mensajero murió como vivió, como enseñó, no
para redimir a los hombres, sino para mostrar cómo se debe vivir. Lo que dejó
como le-gado a la humanidad es una práctica: su actitud frente a los jueces,
esbirros, acusadores y cualquier clase de calumnia y de escarnio, su actitud en
la cruz. No resiste, no defiende su derecho, no da un paso para alejar de si la
ruda suerte, antes por el contrario, la provoca... Y ruega, sufre, ama con
aquello, en aquellos que hacen el mal... No defen-derse, no indignarse, no
atribuir responsabilidad... Pero igualmente no resistir al mal, amarlo...
36
Sólo nosotros, espíritus libres, poseemos las condiciones
necesarias para comprender una cosa que diecinueve siglos no han comprendido:
aquella probidad convertida en instinto y pasión que hace la guerra a la santa
mentira, aún más que a toda otra mentira... Se estaba infinitamente lejos de
nuestra neutralidad amorosa y prudente, de aquella discipli-na del espíritu que
únicamente hace posible adivinar cosas tan extrañas a nosotros, tan delicadas:
se quie-re siempre, con desvergonzado egoísmo, ver en aquellas cosas únicamente
el propio provecho; se ha fundado la Iglesia sobre lo contrario del Evangelio...
El que buscara indicios de este hecho, de que detrás del gran teatro de los
mundos hay una divi-nidad irónica que maneja los hilos, no encontraría
confirmación alguna en aquel prodigioso punto de interrogación que se llama
cristianismo. En vano se busca una forma más grande de ironía en la historia
mundial que ésta: que la humanidad se arrodilla ante lo contrario de lo que fue
el origen, el sentido, el de-recho del Evangelio; que en el concepto de Iglesia
ha santificado precisamente lo que el dulce mensaje-ro considera por bajo de sí,
detrás de sí.
37
Nuestra época blasona de su sentido histórico: ¿cómo ha
podido imponerse el absurdo de que en los comienzos del cristianismo se
encuentre la gro-sera fábula de un taumaturgo y de un redentor, y que todo el
elemento espiritual y simbólico sea sólo un desarrollo más tardío? Y a la
inversa, la historia del cristianismo- a partir de la muerte en la cruz- es la
historia del error, cada vez más grosero, de un sim-bolismo originario. Con la
difusión del cristianismo sobre masas aún más vastas, aún mas rudas, a las que
les faltaban siempre las premisas de que el cris-tianismo partió, se hizo cada
vez más necesario vul-garizar, barbarizar el cristianismo: éste absorbió en sí
doctrinas y ritos de todos los cultos subterráneos del imperium romanum, los
absurdos de todas las razones e imaginaciones enfermas. El destino del
cristianismo consiste en la necesidad de que su fe se contaminara de esta
enfermedad, se hiciera baja, vulgar, como enfermizas, bajas y vulgares eran las
necesidades que se pretendía satisfacer con ella. Fi-nalmente, la barbarie
enfermiza se adicionó para formar el poder en calidad de Iglesia; de Iglesia,
que es la forma de la enemistad formal contra toda pro-bidad, contra toda alteza
de ánima, contra toda dis-ciplina del espíritu, contra toda generosa y buena
humanidad. Los valores cristianos por una parte, los nobles por otra: ¡nosotros
los primeros, nosotros espíritus libres, hemos restablecido este contraste de
valores, el mayor que existe!
38
Al llegar aquí no puedo contener un suspiro. Hay días en
que anida en mí un sentimiento más ne-gro que la más negra melancolía: el
desprecio de los hombres. Y para que no quede duda sobre lo que yo desprecio y a
quién desprecio, diré que desprecio al hombre moderno, al hombre del cual yo soy
des-graciadamente contemporáneo. El hombre de hoy... Su impura respiración me
ahoga. Contra el pasado, yo, como todos los estudiosos, alimenté una gran
tolerancia, es decir, me hago generosamente violen-cia a mí mismo: yo atravieso
el mundo- manicomio de milenios enteros con prudencia tétrica, ya se lla-me
cristianismo, o fe cristiana o Iglesia cristiana; me guardo mucho de hacer a la
humanidad responsable de las enfermedades que han afligido su espíritu. Pero mi
sentimiento se rebela apenas me interno en los tiempos modernos, en nuestro
tiempo.
Nuestro tiempo es sabio... Lo que en otro tiem-po era simplemente malsano, hoy
es indecente, es indecente ser hoy cristiano. Y aquí comienza mi náusea. Yo miro
en torno a mí: ya no queda una palabra de todo lo que en otro tiempo se llamaba
verdad; nosotros no podemos ya soportar que un sacerdote pronuncie solamente la
palabra verdad. Aún teniendo las más modestas pretensiones a la probidad, hoy se
debe saber que un teólogo, un sa-cerdote, un papa, con cualquier frase que
pronuncia no sólo se equivoca, sino que miente, y que no es ya libre de mentir
por inocencia, por ignorancia. Tam-bién sabe el sacerdote, como lo sabe
cualquiera, que no hay Dios, ni pecado, ni redentor; que libre albe-drío y orden
moral del mundo son mentiras: la se-riedad, la profunda victoria del espíritu
sobre sí mismo no permiten ya a nadie que sea ignorante so-bre estas cosas...
Todas las concepciones de la Iglesia son reconocidas por lo que son, como la más
triste acuñación de moneda falsa que ha existido hecha con el fin de
desvalorizar la naturaleza y los valores naturales: el sacerdote mismo es
reconocido como lo que es, como la más peligrosa especie de parásito, como la
verdadera araña venenosa de la vida... Nosotros sabemos, nuestra conciencia sabe
hoy, qué valen en general aquellas funestas inven-ciones de los sacerdotes y de
la Iglesia, de qué servi-rán, esto es, para conseguir aquel estado de
damnificación de la humanidad, cuyo espectáculo produce náuseas, los conceptos
de más allá, juicio final, inmortalidad del alma, el alma misma, sin
ins-trumentos de tortura y sistemas de crueldad, en vir-tud de los cuales el
sacerdote se hizo el amo y siguió siendo el amo... Todos saben esto, y sin
embargo todo sigue igual. ¿Dónde ha ido a parar el último sentimiento del
decoro, del respeto de sí mismo, si hasta nuestros hombres de Estado- por lo
demás, una especie de hombres y de anticristianos bastante descocada en la
práctica- se llaman aún hoy cristia-nos y toman la comunión?
¡Un joven príncipe a la cabeza de sus regi-mientos, espléndido como expresión
del egoísmo y de la elevación de su pueblo, profesa sin pudor el cristianismo!
Pero ¿que es lo que niega el cristianismo? ¿Qué es lo que llama mundo? El hecho
de ser soldado, de ser juez, de ser patriota; el de defenderse, de atenerse al
propio honor, de querer el propio provecho, de ser orgulloso... Toda práctica de
cada momento, todo instinto, toda valoración que se convierte en hecho es hoy
anticristiana; ¡qué aborto de falsedad debe ser el hombre moderno para no
avergonzarse todavía de llamarse cristiano!
39
Retrocedamos y contemos la verdadera historia del
cristianismo. Ya la palabra cristiano es un equivoco: en el fondo no hubo más
que un cristiano, y éste murió en la cruz. El Evangelio murió en la cruz. Lo que
a partir de aquel momento se llamó evangelio era lo contrario de lo que él vivió;
una mala nueva, un Dysangelium. Es falso hasta el absurdo ver la característica
del cristiano en una fe, por ejemplo, en la fe de la redención por medio de
Cristo: únicamente la práctica cristiana, el vivir como vivió el que murió en la
cruz es lo cristiano... Aun hoy, tal vida es posible para ciertos hombres, y
hasta necesaria: el verdadero, el originario cristianismo será posible en todos
los tiempos. No una creencia, sino un obrar, sobre todo, un no hacer muchas
cosas, un ser de otro modo... Los estados de conciencia, por ejem-plo, una fe,
un tener por verdadero- toda psicología sobre este punto- son perfectamente
indiferentes y de quinto orden, comparados con los valores de los instintos:
hablando más rigurosamente, toda la no-ción de causalidad espiritual es falsa.
Reducir el he-cho de ser cristianos, la cristiandad, al hecho de tener una cosa
por verdadera, a un simple fenome-nalismo de la conciencia, significa negar el
cristia-nismo. En realidad, jamás hubo cristianos. El cristiano es simplemente
una psicológica incom-prensión de sí mismo. Si mira mejor en él verá que, a
despecho de toda fe, dominan simplemente los instintos, ¡y qué instintos!
La fe fue en todos los tiempos, por ejemplo, en Lutero, sólo una capa, un
pretexto, un telón, detrás del cual los instintos desarrollaban su juego; una
hábil ceguera sobre la dominación de ciertos ins-tintos... la fe- yo la he
llamado ya la verdadera habi-lidad cristiana-; se habló siempre de fe, se obró
siempre por sólo el instinto... En el mundo cristiano de las ideas no se
presenta nada que tanto desflore la realidad; por el contrario, en el odio
instintivo contra toda realidad reconocemos el único elemento impelente en la
raíz del cristianismo. ¿Qué es lo que se sigue de aquí? Se sigue que también in
psycholo-gicis el error es radical, o sea determinador de la esencia, o sea de
la sustancia. Quítese aquí una sola idea, póngase en su puesto una sola realidad,
y todo el cristianismo se precipita en la nada. Mirando des-de lo alto, este
hecho, insólito entre todos los he-chos, una religión no sólo plagada de errores,
sino sólo creadora de errores nocivos, que envenenan la vida y el corazón, y
hasta genial en inventarlos, es un espectáculo para los dioses, para divinidades,
que lo son también los filósofos, y que yo, por ejemplo, he hallado, en aquellos
famosos diálogos de Naxos. En el momento en que la náusea aban-dona a estas
divinidades (¡ y nos abandona a noso-tros!) se hacen agradecidas al espectáculo
que ofrecen los cristianos; aquella miserable pequeña estrella que se llama
Tierra, merece acaso úni-camente en gracia a este curioso caso una mirada
divina, un interés divino... Nosotros estimamos muy poco el cristianismo: el
cristiano falso hasta la ino-cencia deja atrás a los monos; respecto de los
cris-tianos, una conocida teoría de la descendencia es una pura amabilidad...
40
El hecho del Evangelio se decide con la muerte, está
suspendido de la Cruz... Precisamente la muer-te, aquella muerte inesperada y
vergonzosa, preci-samente la cruz, que en general estaba reservada solamente a
la canalla, sólo esta horrible paradoja puso a los discípulos frente al
verdadero enigma: ¿quién era éste?, ¿qué era esto? El sentimiento sacu-dido y
profundamente ofendido, la sospecha de que semejante muerte pudiera ser la
refutación de su causa, el terrible signo de interrogación ¿por qué precisamente
así?, este estado de ánimo se com-prende harto fácilmente. Aquí todo debía ser
ne-cesario, tenía un sentido, una razón, una altísima ra-zón, el amor de un
discípulo no conoce el azar. Sólo entonces se abrió el abismo: ¿quién lo abrió?,
¿quién fue su enemigo natural? Esta pregunta fue lanzada como un relámpago.
Respuesta: el judaísmo "dominante", su clase más alta. Desde aquel mo-mento los
hombres se sintieron en rebelión contra el orden social, al punto se sintió a
Jesús como en rebelión contra el orden social. Hasta entonces fal-taba en su
figura este rasgo belicoso, negador, por la palabra y la acción; aún es más: era
todo lo contrario. Evidentemente, la pequeña comunidad no com-prendió justamente
lo principal, lo que constituía un modelo en este modo de morir: la libertad, la
supe-rioridad sobre todo sentimiento de rencor; ¡signo de cuán poco se
comprendía de él en general! En sí, Jesús, con su muerte, no pudo querer otra
cosa que dar públicamente la prueba, la demostración pode-rosa de su doctrina...
Pero sus discípulos estaban muy lejos de perdonar su muerte, lo que habría sido
evangélico en el más alto sentido, o de "ofrecerse" a semejante muerte con dulce
y amable tranquilidad de corazón... Prevaleció el sentimiento menos evan-gélico:
la venganza. Era imposible que la causa con-cluyese con esa muerte: hubo
necesidad de represalias, de juicio (y, sin embargo, ¿qué cosa me-nos evangélica
que la represalia, el castigo, el juz-gar?) Una vez más pasó al primer término
la expectación popular de un Mesías; se tomó en con-sideración un momento
histórico: el reino de Dios había de venir para juzgar a sus enemigos... Pero
con esto se confundió todo: ¡el reino de Dios con-siderado como acto final, como
promesa! El Evangelio, sin embargo, había sido precisamente la existencia, el
cumplimiento, la realidad de este reino de Dios. Entonces precisamente se
introdujo en el tipo del maestro todo el desprecio y la amargura contra los
fariseos y los teólogos, ¡y con esto se hizo de él un fariseo y un teólogo! Por
otra parte, la salvaje veneración de estas almas salidas completamente de sus
quicios no toleró ya la igualdad de todos los hombres como hijos de Dios,
igualdad evangélica que Jesús había predicado; su venganza consistió en levantar
en alto a Jesús de un modo extravagante, en separarlo de ellos; lo mismo que en
otro tiempo los hebreos, para vengarse de sus enemigos, separaron de ellos a su
propio Dios y lo elevaron en alto. El Dios único, el único hijo de Dios; ambos
son productos del rencor...
41
Entonces surgió un absurdo problema: ¿cómo pudo Dios
permitir esto? A esta pregunta, la razón de la pequeña comunidad perturbada
encontró una respuesta terriblemente absurda: Dios dio su hijo para la remisión
de los pecados, como víctima. ¡De este modo se concluyó de un golpe con el
Evange-lio! ¡El sacrificio expiatorio, en su forma más re-pugnante y bárbara, el
sacrificio del inocente por los pecados de los pecadores! ¡Qué horrible
paganismo!
Jesús había abolido el mismo concepto de culpa; negado todo abismo entre Dios y
el hombre; había concebido esta unidad entre Dios y el hombre como su buena
nueva... ¡Y no como privilegio! Desde aquel momento se llegó, gradualmente, a
crear el ti-po de redentor: la doctrina del juicio y del retorno, la doctrina de
la muerte como una muerte expiato-ria, la doctrina de la resurrección, con la
que es anulado todo el concepto de bienaventuranza, la única y total realidad
del Evangelio, en provecho de un estado subsiguiente a la muerte... Pablo
logificó luego sobre esta concepción, sobre esta imprudente concepción, con
aquella desfachatez rabínica que le distinguía en todas las ocasiones: "si
Cristo no resu-citó después de la muerte, nuestra fe es vana". Y de golpe se
hizo del Evangelio la más despreciable de todas las promesas irrealizables: la
impúdica doctri-na de la inmortalidad personal... ¡Pablo mismo la predicó como
una recompensa!...
42
Se ve lo que acaba con la muerte en la Cruz: una
disposición nueva y completamente original para un movimiento budístico de paz,
para una efectiva y no sólo prometida felicidad en la tierra. Porque ésta si-gue
siendo- ya lo he puesto de relieve- la diferencia fundamental entre las dos
religiones de decadencia: el budismo no promete, sino que cumple; el
cristia-nismo lo promete todo, pero no cumple nada.
A la buena nueva siguió de cerca la pésima nue-va: la de Pablo. En Pablo se
encarna el tipo opuesto al de buen mensajero, el genio del odio, de la
inexo-rable lógica del odio. ¿Qué ha sacrificado al odio este disangelista? Ante
todo, el redentor: le clavó en la cruz. La vida, el ejemplo, la doctrina, la
muerte, el sentido y el derecho de todo el Evangelio, nada existió ya, cuando
este monedero falso, movido por el odio, comprendió qué era lo que únicamente
ne-cesitaba. ¡No la realidad, no la verdad histórica! Y una vez más el instinto
sacerdotal de los hebreos cometió el mismo gran delito, contra la Historia:
borró simplemente el ayer, el antes de ayer del cris-tianismo; inventó por sí
una historia del primer cristianismo. Aún más: falsificó una vez más la
his-toria de Israel, para que apareciera como la prehistoria de su obra; todos
los profetas han hablado de su redentor... La Iglesia falsificó más tarde hasta
la historia de la Humanidad, haciendo de ella la pre-historia del cristianismo...
El tipo del redentor, su doctrina, su práctica, su muerte, el sentido de la
muerte, hasta lo que sucede después de la muerte, nada permaneció intacto, nada
permaneció ni si-quiera semejante a la realidad. Lo que hizo Pablo fue
simplemente transferir el centro de gravedad de toda aquella existencia detrás
de tal existencia, en la mentira del Jesús resucitado. En el fondo, tuvo
ne-cesidad de la muerte en la Cruz y de algo más... Cre-er sincero a Pablo, que
tenía su patria en la sede principal de la luminosa filosofía estoica, cuando
con una alucinación se dispone la prueba de la su-pervivencia del redentor, o
bien prestar fe a su rela-ción de haber él mismo tenido esta alucinación, sería,
por parte de un filósofo, una verdadera nece-dad: Pablo quiere el fin, por
consiguiente, quiere los medios... Lo que él mismo no creía, lo creyeron los
idiotas entre los cuales sembró él su doctrina.
Su necesidad era el poder: con Pablo, el sacerdote quiere una vez más el poder;
sólo podía servirse de ideas, teorías, símbolos con los que se tiraniza a las
masas y se forman los rebaños. ¿Qué es lo que Mahoma únicamente tomó a préstamo,
más tarde, del cristianismo? La invención de Pablo, su medio para llegar a la
tiranía del sacerdote: la creencia en la inmortalidad, o sea la doctrina del
juicio...
43
Si se coloca el centro de gravedad de la vida no en la
vida, sino en el más allá- en la nada-, se ha arrebatado el centro de gravedad a
la vida en gene-ral. La gran mentira de la inmortalidad personal destruye toda
razón, toda naturaleza en el instinto; todo lo que en los instintos es benéfico,
favorable a la vida; todo lo que garantiza el porvenir despierta desde entonces
desconfianza. Vivir de modo que la vida no tenga ningún sentido, es ahora el
sentido de la vida... ¿A qué fin solidaridad, a qué fin gratitud por el origen y
por los antepasados, a qué fin cola-borar con confianza, promover y proponerse
un bien común?... Éstas son otras tantas tentaciones, otras tantas desviaciones
del justo camino: una sola cosa es necesaria... No se puede mirar con bastante
desprecio la doctrina según la cual cada uno de no-sotros, en calidad de alma
inmortal, tiene igual cate-goría que los demás; y en la colectividad de todas
las criaturas la salvación de cada individuo puede pre-tender una importancia
eterna, y todos los hipócritas y semilocos (Dreiviertes- Verrückte) pueden
imaginar que por su amor las leyes de la Naturaleza serán constantemente
infringidas; no se puede mirar con bastante desprecio semejante elevación de
toda clase de egoísmos que llega al infinito, a la impudicia...
Y, sin embargo, el cristianismo debe su victoria a esta miserable adulación de
la vanidad personal; con esto precisamente ha convertido a sí todo le que está
mal formado, lo que tiene intenciones de re-vuelta, lo que se encuentra mal,
todo el desecho y la hez de la Humanidad. "La salvación del alma" signi-fica "el
mundo gira en torno a mí"... El veneno de la doctrina de la igualdad de derechos
para todos fue vertido y difundido por el cristianismo; partiendo de los
rincones más ocultos de los malos instintos, ha movido una guerra mortal a todo
sentimiento de respeto y de distancia entre hombre y hombre, es decir, a la
premisa de toda elevación, de todo au-mento de cultura: del rencor de las masas
hizo su arma principal contra nosotros, contra todo lo que es noble, alegre,
generoso, en la tierra, contra nues-tra felicidad en la tierra... Conceder la
inmortalidad a cualquiera fue hasta ahora el mayor y más pérfido atentado contra
la humanidad noble. ¡Y no demos poca importancia al hecho de que el cristianismo
se ha insinuado aún en la política! Nadie tiene hoy ya el valor de los
privilegios, de los derechos patronales, de experimentar sentimientos de respeto
de sí mismo y de sus semejantes; de sen-tir el pathos de la distancia... ¡Nuestra
política está enferma de esta falta de valor!
La aristocracia de la mentalidad fue más subterráneamente minada por la mentira
de la igualdad de las almas: y si la creencia en el privilegio de la mayoría
hace revoluciones y las seguirá haciendo, el cristianismo es, no se dude, las
valoraciones cristia-nas: ¡son las que convierten en sangre y delitos toda
revolución! El cristianismo es una insurrección de todo lo que se arrastra a ras
de la tierra contra lo que está arriba: el Evangelio de los humildes hace
hu-mildes...
44
Los Evangelios son inestimables como testimonios de la
corrupción, ya intolerable, que existía en el seno de las primeras comunidades
cristianas. Aquello que más tarde condujo Pablo a feliz término con el cinismo
lógico de un rabino, no fue más que un proceso de decadencia que comenzó con la
muerte del Redentor. Hay que leer los Evangelios con grandísimas precauciones:
detrás de cada pala-bra hay una dificultad. Yo admito, y de esto se me deberá
gratitud, que precisamente por eso son para un psicólogo una diversión de primer
orden: como lo contrario de toda corrupción ingenua, como so-fisticación por
excelencia, como una obra maestra de corrupción psicológica. Los Evangelios
tienen sustancialidad propia. La Biblia, en general, no re-siste ningún parangón.
Estamos entre hebreos: primer punto de vista para no perder por completo el hilo
conductor. La transferencia de sí mismo a la santidad, transferencia que
precisamente se con-vierte en genio y que no fue nunca alcanzada en otra parte
por hombres ni por libros, esta acuñación de moneda falsa, no es un caso de
dotes especiales de un individuo, de un temperamento de excepción. Para esto es
necesaria la raza. En el cristianismo, entendido como el arte de mentir
santamente, el ju-daísmo entero, una preparación y una técnica judai-ca muy
seria, que duró muchos siglos, consigue la maestría. El cristiano, esta última
ratio de la mentira, es una vez más el hebreo; mejor, tres veces más... La
voluntad sistemática de emplear solamente conceptos, símbolos, gestos, que es
demostrada por la práctica del sacerdote; la instintiva repugnancia a cualquier
otra práctica, a cualquier otro género de perspectiva de valor y de utilidad,
todo esto no es sólo tradición, es "herencia"; sólo en calidad de herencia obra
como naturaleza. Toda la Humanidad, y hasta los mejores testigos de los mejores
tiempos (exceptuando uno sólo, el cual acaso es sencilla-mente un superhombre),
se dejaron engañar. Se leyó el Evangelio como el libro de la inocencia...; nadie
indicó con qué maestría se recita en el Evangelio una comedia.
Ciertamente, si llegásemos a verla, aunque sólo fuera de pasada, todos estos
maravillosos hipócritas y santos artificiales, toda esta comedia, terminarían; y
precisamente porque no leo una palabra sin ver gestos, acabo por dejarla... Yo
no puedo soportar su modo de elevar sus ojos al cielo... Afortunadamente, para
los más los libros son mera literatura. No debemos dejarnos engañar, ellos dicen:
no juzguéis, pero mandan al infierno a todo lo que constituye un obstáculo en su
camino.
Haciendo juzgar a Dios, juzgan ellos mismos; glorificando a Dios se glorifican
ellos mismos; exigiendo la virtud de que ellos mismos son capaces es decir, la
virtud de que tienen necesidad para con-servar la dominación-, se dan grandes
aires de luchar por la virtud, de combatir por el predominio de la virtud. "Nosotros
vivimos, nosotros morimos, nosotros nos sacrificamos por el bien" (esto es, por
la verdad, por la luz, por el reino de Dios); en reali-dad, hacen lo que no
pueden menos de hacer. Mientras que, a modo de hipócritas, se muestran humildes,
se ocultan en los rincones, viven como sombras en la sombra, hacen de esto un
deber: su vida de humildad aparece como un deber, y como deber es una prueba más
de piedad hacia Dios... ¡Ah, qué humilde, casto, misericordioso modo de
impostura! ¡La virtud misma es confiscada por esa gentecilla; ellos saben cuál
es la importancia de la moral!
La realidad es que aquí la más consciente pre-sunción de elegidos desempeña el
papel de modes-tia; desde entonces se han formado dos partidos: el partido de la
verdad, o sea ellos mismos, la comunidad, los buenos y los justos, y, de otra
parte, el resto del mundo... Éste fue el más funesto delirio de grandezas que
hasta ahora existió en la tierra: pe-queños abortos de hipócritas y mentirosos
comenzaron a reivindicar para sí los conceptos de Dios, verdad, luz, espíritu,
amor, sabiduría, vida, casi co-mo sinónimos de ellos mismos, para establecer así
un límite entre ellos y el mundo; pequeños superlativos de hebreos, maduros para
toda clase de mani-comio, hicieron girar en torno a ellos mismos todo valor,
como si precisamente el cristiano fuese el sentido, la sal, la medida y también
el último tribunal de todo lo demás...
Este funesto acontecimiento sólo se hizo posi-ble por el hecho de que ya había
en el mundo un género afín de delirio de grandeza, afín por raza: el judaico;
apenas se abre el abismo entre hebreos y hebreocristianos, a estos últimos no
les quedó otra elección que emplear con- tra ellos mismos, contra los hebreos,
los mismos procedimientos de conser-vación que el instinto judaico aconsejaba,
mientras que hasta entonces los hebreos lo habían empleado contra todo lo que no
era hebreo. El cristiano, es sólo un hebreo de confesión más libre.
45
Doy un cierto número de pruebas de aquello que se le metió
en la cabeza a esa gentecilla, de lo que puso en labios de su maestro: simples
profesio-nes de fe de bellas almas.
"Y todos aquellos que no os recibieren ni os oyeren, saliendo de allí, sacudid
el polvo que está debajo de vuestros pies, en testimonio a ellos. De cierto os
digo que más tolerable será el castigo de los de Sodoma y Gomorra el día del
Juicio que el de aquella ciudad." (Marcos, 6, 11.) ¡Qué evangélico es esto!
"Y cualquiera que escandalizare a uno de estos pequeñitos que creen en mi, mejor
le fuera si se le atase una piedra de molino el cuello, y fuera echado en la
mar" (Marcos, 9, 42.) ¡Qué evangélico es esto!
"Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo: mejor te es entrar al reino de
Dios con un ojo que teniendo dos ojos ser echado a la Gehenna, donde el gusano
de ellos no muere y el fuego nunca se apaga." (Marcos. 9, 47.) No se trata
precisamente de los ojos...
"También les dijo: «De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí que
no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios, que viene con
potencia»." (Marcos, 9, l.) Mientes muy bien, ¡oh león!
"Cualquiera que quisiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, y tome su cruz y sígame. Por-que..." (" Observación de un psicólogo": la
moral cristiana es refutada por sus porqués; sus argumen-tos refutan, y esto es
cristiano.) (Marcos, 8, 34.)
"No juzgaréis, para que no seáis juzgados. Por-que con el juicio con que
juzguéis seréis juzgados; y con la medida con que medís, os volverán a medir". (Mateo,
7, l.) ¡Qué concepto de la justicia, de un juez justo!...
"Porque si amareis a los que os aman, ¿qué re-compensa tendréis? ¿No hacen
también lo mismo los publicanos? Y si abrazaseis a vuestros hermanos solamente,
¿qué hacéis de más? ¿No hacen así tam-bién los Gentiles?" (Mateo, 5, 46.)
Principio del amor cristiano: en fin de cuentas, quiere ser bien pagado...
"Mas si no perdonareis a los hombres sus ofen-sas, tampoco vuestro Padre os
perdonará vuestras ofensas." (Mateo, 6, 15.) Muy comprometedor para el susodicho
Padre... "Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas
cosas os serán añadidas." (Mateo, 6, 33.) Todas estas cosas, es decir: comida,
vestidos, todo lo que hace falta en la vida. Es un error para hablar
modestamente... Poco antes, Dios aparece en calidad de sastre; por lo menos, en
cier-tos casos...
"Gozaos en aquel día, y alegraos; porque he aquí vuestro galardón es grande en
los cielos, porque así hacían sus padres a los profetas." (Lucas, 6, 23.) ¡Oh
cínica canalla! Ya se compara con los profetas...
"¿ No habéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?
Si alguno viola-re el templo de Dios, Dios destruirá al tal; porque el templo de
Dios, el cual sois vosotros, santo es." (Pablo, a los corintios, I, 3, 16.)
Cosas como ésta no serán nunca bastante despreciadas...
"¿ O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser
juzgado por voso-tros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas?" (Pablo, a
los corintios, I, 6, 2.) Desgraciadamente, esto no es sólo el discurso de un
loco... Este terrible mentidor continúa, textualmente, así: "¿ O no sabéis que
hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de este siglo?"
"¿ No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Porque por no haber el mundo
conocido la sabiduría de Dios, a Dios por sabiduría, agradó a Dios salvar a los
creyentes por la locura de la predicación. No sois muchos sabios, según la
carne; no muchos poderosos, no muchos nobles. Antes, lo necio del mundo escogió
Dios para avergonzarnos a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios para
avergonzar lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menos-preciado escogió Dios, y lo
que no es, para deshacer lo que es: para que ninguna carne se jacte de su
pre-sencia." (Pablo, a los corintios, 1, 20 y sig.) Para comprender este pasaje,
testimonio capital de la psi-cología de toda moral de chandala, léase la primera
parte de mi Genealogía de la moral; en ella se pone de manifiesto por primera
vez la contradicción en-tre una moral noble y una moral de chandala, nacida del
rencor y de la venganza impotente, Pablo fue el mayor de los apóstoles de la
venganza...
46
¿Qué se deduce de aquí? De aquí se deduce que es
conveniente ponerse los guantes cuando se lee el Nuevo Testamento. Casi nos
obliga a ello la presen-cia de tanta impureza. Nos guardaremos de escoger para
el trato cristianos primitivos, como nos guarda-ríamos de los judíos polacos: no
hay que oponerles reparo alguno, pero tienen mal olor. vano he buscado en el
Nuevo Testamento un rasgo simpático: nada hay en él que sea libre, be-névolo,
franco ni honesto. Aquí no ha comenzado todavía el humanismo, falta el instinto
de limpieza; en el Nuevo Testamento no hay mas que malos ins-tintos. Todo es
vileza; todo allí es un cerrar los ojos y un engañarse a sí mismo. Cuando se ha
leído el Nuevo Testamento, cualquier otro libro parece lim-pio: para poner un
ejemplo, yo, después de haber leído a san Pablo, leí con verdadero arrebato a
Pe-tronio, aquel gracioso y petulante humorista, del cu-al se podría decir lo
que Domenico Boccaccio escribía de César Borja al duque de Parma: "Es
in-mortalmente sano, inmortalmente sereno y bien constituido: é tutto festo...
" Estos hipocritillas desbarran precisamente en lo esencial. Atacan, pero todo
lo que es atacado por ellos se hace por esto mismo distinguido. Cuando un
cristiano primitivo ataca, el atacado no resulta con mancha; por el contrario es
un honor tener contra sí cristianos primitivos. No se puede leer el Nuevo
Testamento sin sentir predilección por lo que en él resulta maltratado, para no
hablar de la sa-biduría de este mundo, que un descarado fanfarrón intenta en
vano desacreditar con predicaciones estúpidas... Hasta los escribas y los
fariseos han saca-do provecho de semejantes adversarios: debieron tener algún
valor para ser odiados de manera tan in-decente. ¡La hipocresía, he aquí un
reproche que los cristianos primitivos tendrían derecho, a hacer! Por último,
escribas y fariseos eran privilegiados: esto basta, el odio de los chandalas no
tiene necesidad de otros motivos. El primer cristiano, y temo que tam-bién el
último cristiano, que acaso yo viva lo sufi-ciente para ver, es rebelde por un
profundo instinto contra todo lo que es privilegiado; vive y combate siempre por
la igualdad de derechos... Si se observa mejor, no tiene elección. Si se quiere
ser, personal-mente, un elegido de Dios, o un templo de Dios, o un juez de los
ángeles, entonces todo otro principio de elección, por ejemplo, la elección
fundada en la probidad, en el espíritu y en el orgullo, en la belleza y en la
libertad del corazón, se hace simplemente mundo, el mal en sí... Moraleja: toda
palabra en la-bios de un cristiano primitivo es una mentira, cada una de sus
acciones es una falsedad instintiva; todos sus valores, todos sus fines son
nocivos, pero lo que odia, esto tiene valor... El. cristiano, el cristiano
sa-cerdote particularmente, es un criterio de los valores.
Debo aún añadir que en todo el Nuevo Testa-mento se encuentra una sola figura
que se deba hon-rar: Pilatos, el gobernador romano. Tomar en serio un asunto
entre judíos, es cosa a la que no se resuel-ve. Un judío de más o menos, ¿qué
importancia tie-ne?... La noble ironía de un romano, ante el cual se ha hecho un
cínico abuso de la palabra verdad, ha enriquecido el Nuevo Testamento con la
única pa-labra que tiene valor, que es por sí la crítica y aún el aniquilamiento
del Nuevo Testamento: ¿qué es la verdad?...
47
Lo que nos distingue no es el hecho de que no encontramos
a Dios ni en la historia, ni en la natu-raleza, ni detrás de la naturaleza, sino
el hecho de que consideramos lo que se oculta bajo el nombre de Dios, no como
divino, sino como miserable, ab-surdo, nocivo; no sólo como error, sino como
de-lito contra la vida... Nosotros negamos a Dios en cuanto Dios... Si se nos
demostrase este Dios de los cristianos, creeríamos aún menos en él. Para
expresarnos con una fórmula: Deus, qualem Paulus crea-vit, dei negatio.
Una religión como el cristianismo, que en ningún punto se
encuentra en contacto con la realidad, que se quiebra en cuanto la verdad
adquiere sus derechos aún en un solo punto, debe naturalmente ser enemiga mortal
de la sabiduría del mundo, o sea de la ciencia; debe aprobar todos los medios
con que la disciplina del espíritu, la pureza y la serenidad en los casos de
conciencia del espíritu, la noble frialdad y libertad del espíritu pueden ser
envenenadas, ca-lumniadas, difamadas. La fe como imperativo es el veto contra la
ciencia; en la práctica es la mentira a toda costa... Pablo comprendió que la
mentira- que la fe- es necesaria; a su vez la Iglesia, más tarde, comprendió a
Pablo.
Aquel Dios que Pablo se inventó, un Dios que desacredita la sabiduría del mundo
(o en sentido estricto, los dos grandes adversarios de toda su-perstición: la
filología y la medicina), no es en reali-dad mas que la resuelta decisión de
Pablo de llamar Dios a su propia voluntad, la Thora; esto es judaico. Pablo
quiere desacreditar la sabiduría del mundo: sus enemigos son los buenos
filólogos y los médi-cos de la escuela alejandrina; a éstos les hace la gue-rra.
En realidad, no se es filólogo y médico sin ser al mismo tiempo anticristiano.
Porque en calidad de filólogos se mira detrás de los libros santos, y en
ca-lidad de médicos se ve detrás del cristiano típico la degeneración
psicológica. El médico dice: Incurable; el filólogo dice: Charlatanería.
48
¿Se ha entendido bien la famosa historia que se encuentra
el principio de la Biblia, la del terrible miedo de Dios ante la ciencia? No se
ha comprendido. Este libro de sacerdotes por antonomasia co-mienza, como es
justo, con la gran dificultad íntima del sacerdote: el sacerdote tiene solo
peligro; por consiguiente, Dios tiene sólo un gran peligro.
El viejo Dios, todo espíritu, todo gran sacerdote, todo perfección, pasea por
distracción en sus jardines; pero se aburre. En vano luchan contra el tedio los
dioses mismos. ¿Qué hace Dios? Inventa al hombre; el hombre es divertido... Pero
he aquí que también el hombre se aburre. La compasión de Dios por la única
miseria que todos los Paraísos tie-nen en si, no conoce límites: pronto creó
otros ani-males. Primer error de Dios: el hombre no encontró divertidos a los
animales- fue su amo, no quiso ser un animal. Después de esto Dios creó a la
mujer. Y, en realidad, entonces acabó de aburrirse; pero aca-baron también otras
cosas. La mujer fue el segundo error de Dios. "La mujer es, por su naturaleza,
ser-piente: Eva"; esto lo sabe todo sacerdote; "de las mujeres procede todo el
mal sobre la tierra"; esto también lo sabe todo sacerdote. "Por consiguiente,
también de ella viene la ciencia..." Precisamente, de la mujer aprende el hombre
a gustar el árbol del conocimiento...
¿Qué había sucedido? El viejo Dios se vio aco-metido de un tremendo error. El
hombre mismo se había hecho su mayor error; Dios se había creado un rival; la
ciencia nos hace iguales a Dios; ¡cuando él hombre se hace sabio han terminado
los sacer-dotes y los dioses! Moraleja: la ciencia es la cosa ve-dada en sí, es
lo único vedado. La ciencia es el primer pecado, el germen de todos los pecados,
el pecado original. Sólo esto es la moral. Tú no debes conocer: todo lo demás se
sigue de aquí. El tremen-do miedo experimentado por Dios no le impidió ser hábil.
¿Cómo nos defenderemos de la ciencia? Éste fue durante mucho tiempo su problema
capital, Respuesta: ¡Arrojemos al hombre del Paraíso! La felicidad, el ocio,
conducen a pensar; todos los pensamientos son malos pensamientos... El hombre no
debe pensar.
Y el sacerdote en sí inventa la miseria, la muerte, los peligros mortales del
parto, toda clase de sufri-mientos, de dolores, de fatigas, y sobre todo la
en-fermedad; ¡simples medios en la lucha contra la ciencia! La miseria le impide
al hombre pensar... Y, sin embargo, ¡cosa terrible!, la obra de la ciencia se
eleva, llega hasta el cielo, haciendo palidecer a los dioses. ¿Qué hacer? El
viejo Dios inventa la guerra, separa a los pueblos, hace que los hombres se
des-truyan unos a otros (los sacerdotes tuvieron siempre necesidad de la
guerra). ¡De la guerra, que, entre otras cosas, es una gran perturbadora de la
paz de la ciencia! ¡Oh cosa increíble! No obstante la guerra, la ciencia, la
emancipación del poder del sacerdote, aumentan. Y una última decisión se
presenta al viejo Dios: El hombre se ha hecho científico; no sirve, hay que
ahogarlo.
49
¿Se me ha entendido? El comienzo de la Biblia contiene
toda la psicología del sacerdote. El sacerdote sólo conoce un peligro: la
ciencia, el sano concepto de causa y efecto. Pero la ciencia prospera
conjuntamente sólo en situaciones favorables; hay que tener tiempo, hay que
tener espíritu de sobra para investigar... Por consiguiente, se debe hacer al
hombre infeliz: ésta fue en todo tiempo la lógica del sacerdote.
Ya se adivina qué ha entrado en el mundo con arreglo a esta lógica: el pecado.
El concepto de culpa y de castigo, todo el orden moral del mundo fue inventado
contra la ciencia, contra la liberación del hombre del poder del sacerdote... El
hombre no debe mirar fuera de sí, sino dentro de sí; no debe mirar en las cosas
con habilidad y prudencia para aprender; en general, ni debe mirar; debe sufrir...
Y debe sufrir de modo que tenga constantemente necesidad del sacerdote. ¡Fuera
los médicos! ¡Hay necesidad de un salvador! ¡El concepto de culpa y de castigo,
comprendida la doctrina de la gracia, de la redención, del perdón- todas
completas mentiras privadas de toda realidad psicológica- fue inventado para
destruir en el hombre el sentido de las causas; fue un atentado contra la noción
de causa y efecto! ¡Y no un atentado realizado con el puño, con el cuchillo, con
la sinceridad en el odio y en el amor, sino partiendo de los instintos más viles,
más astutos, más bajos! ¡Un atentado de sacerdotes! ¡Un atentado de parásitos!
¡Un vampirismo de pálidas sanguijuelas subterráneas!... Si las consecuencias
naturales de una acción no son ya naturales, sino que se fantasea que sean
influidas por conceptos fantasmas de la superstición, por Dios, por espíritus,
por almas, como consecuencias puramente morales, como premio, castigo,
indicación, medio de educación, es destruida la premisa de la ciencia y se ha
cometido el mayor delito contra la humanidad. El pecado, repitámoslo, esa forma
por excelencia de descaro por parte de la humanidad, fue inventado para hacer
imposible la ciencia, la civilización y el ennoblecimiento del hombre; el
sacerdote domina gracias a la invención del pecado.
50
Al llegar a este punto no puedo prescindir de una
psicología de la fe, del creyente, a favor, como es justo, de los creyentes. Si
tampoco faltan hoy per-sonas que ignoran cuán indecoroso es el ser cre-yente- o
cómo esto es un signo de decadencia, de falta de voluntad de vivir-, ya se sabrá
mañana. Mi voz llega incluso a los duros de oído. Parece, si no he comprendido
mal, que hay entre los cristianos un criterio de la verdad que se llama la
prueba de la fuerza. La fe nos hace felices: luego es verdadera. Ante todo, se
podría objetar aquí que la felicidad tampoco está demostrada, sino que no es mas
que una promesa: la felicidad va unida a las condiciones de la fe; hay que ser
feliz porque se cree... Pero ¿cómo se puede demostrar que efectivamente su-cede
lo que el sacerdote promete al creyente en un más allá inaccesible a todo
control? La presunta prueba de la fuerza es, por consiguiente, a su vez la
creencia en que no faltará aquel efecto que se nos promete por la fe. Aderezado
en una fórmula: "yo creo que la fe nos hace, felices; por consiguiente, la fe es
verdadera." Pero con esto estamos ya al cabo de la calle. Aquel "por
consiguiente" es el absurdo mismo tomado como criterio de verdad.
Pero supongamos, con alguna indulgencia, que esté demostrado que la fe asegura
la felicidad (que la felicidad no es sólo deseada, no es sólo prometida de
labios un tanto sospechosos, de los sacerdotes): ¿fue nunca la felicidad- o para
hablar técnicamente, el placer- una prueba de la verdad? Dista tanto de serlo
que casi es lo contrario; en todo caso es la más vehemente sospecha contra la "verdad",
cuando sentimientos de placer toman la palabra a la pre-gunta: ¿qué es la verdad?
La prueba del placer es una prueba para el placer, nada más. ¿De dónde se podrá
sacar que precisamente los juicios verdaderos causan mayor placer que los falsos,
y que, de con-formidad con una armonía preestablecida, llevan necesariamente
consigo sentimientos placenteros? La experiencia de todos los espíritus severos
y pro-fundos enseña lo contrario. Para conquistar la ver-dad hay que sacrificar
casi todo lo que es grato a nuestro corazón, a nuestro amor, a nuestra
confian-za en la vida. Para ello es necesario grandeza de al-ma: el servicio de
la verdad es el más duro de todos los servicios. ¿Qué significa ser probo en las
cosas del espíritu? Significa ser severos con nuestro pro-pio corazón,
despreciar los bellos sentimientos y formarse una conciencia de cada sí y de
cada no. La fe nos hace felices, por lo tanto miente.
51
Una breve visita a un manicomio nos enseña con suficiente
claridad que la fe en ciertas circunstancias hace hombres felices, que la
felicidad no hace de una idea fija una idea verdadera, que la fe no transporta
las montañas, sino que coloca montañas donde no las hay. Esto no convence a un
sacerdote, porque éste niega por instinto que la enfermedad sea una enfermedad y
el manicomio un manicomio. El cristianismo tiene necesidad de la enfermedad,
casi como la Grecia tenía necesidad de un exceso de salud; hacer enfermos es la
verdadera intención recóndita de todo el sistema de salvación propio de la
Iglesia. Y la Iglesia misma, ¿no es el manicomio católico como último ideal? ¿La
tierra, en general, como manicomio? El hombre religioso, cual le quiere la
Iglesia, es un decadente típico; el momento en que una crisis religiosa se
posesiona de un pueblo es siempre caracterizado por epidemias nerviosas; el
mundo interno del hombre religioso se parece al mundo interior de los
sobreexcitados y de los agotados, hasta el punto de confundirse con él; los más
elevados estados de ánimo que el cristianismo ha colocado sobre la humanidad
como valores supremos, son formas epileptoides; la Iglesia ha santificado
solamente a locos o a grandes impostores in majorem dei honorem... Yo osé una
vez definir todo el training cristiano de la expiación y de la reden-ción (hoy
estudiado especialmente en Inglaterra) como una locura circular producida
metódicamente, como es natural, sobre un terreno ya preparado, o sea
fundamentalmente morboso. Nadie es libre de llegar a ser cristiano: no se
convierte la gente al cris-tianismo, hay que estar bastante enfermo para el
cristianismo...
Nosotros, que tenemos el valor de la salud y también del desprecio, ¡cuánto
derecho tenemos a despreciar una religión que enseñó a comprender mal el cuerpo,
que no quiso desembarazarse de la superstición del alma!; ¡que hace un mérito de
la falta de alimentación!; ¡que combate en la salud una especie de enemigo, de
diablo, de tentación!; ¡que se persuadió de que es posible llevar un alma
perfecta en un cuerpo cadavérico, y a este fin debió formarse una nueva
concepción de la perfección, una criatura pálida, enfermiza, idiotamente
fanática, la dicha santidad, la santidad que es simplemente una serie de
síntomas de un cuerpo empobrecido, enervado, irremediablemente lesionado!...
El movimiento cristiano como movimiento eu-ropeo es, a priori, un movimiento
colectivo de los elementos de desecho y de descarte de todo género (los cuales
quieren llegar con el cristianismo al po-der). No expresa el ocaso de una raza,
es un agrega-do de formas de decadencia provenientes de todo lugar, las cuales
se reúnen y se buscan. No es, como se cree, la corrupción de la antigüedad misma,
de la noble antigüedad que hizo posible el cristianismo; nunca se combatirá con
suficiente saña, el idiotismo erudito que aún sostiene una cosa semejante. En la
época en que las capas sociales enfermizas y daña-das del chandala se
cristianizaron en todo el im-perio romano, el tipo opuesto, la nobleza, existía
precisamente en su forma más hermosa y más dura. El gran número alcanzó el poder;
el democratismo de los instintos cristianos venció... El cristianismo no fue
nacional, no se concretó a una raza; se dirigió a todos los desheredados de la
vida, encontró en todas partes sus aliados. El cristianismo tiene en su base el
rencor de los enfermos, dirige sus instintos contra los sanos, contra la salud.
Todo lo que está bien constituido, todo lo que es altivo, orgulloso, sobre todo
la belleza, lastima sus ojos y sus oídos. Recordaré, una vez más, la inestimable
frase de Pablo: "Lo que es débil a los ojos del mundo, lo que es loco para el
mundo, lo que es innoble y despreciable para el mundo, fue elegido por Dios";
ésta fue la fórmula, in hoc signo llegó la decadencia.
Dios en la cruz, ¿todavía no se puede compren-der el terrible pensamiento oculto
en este símbolo? Todo lo que es sufrimiento, todo lo que está sus-pendido de una
cruz es divino... Todos nosotros estamos suspendidos de una cruz, por
consiguiente, todos nosotros somos divinos... Nosotros solos somos divinos... El
cristianismo fue una victoria, por él pereció una mentalidad más noble; el
cristianismo ha sido hasta hoy la más grande desgracia de la humanidad.
52
El cristianismo está también en contradicción con toda
buena constitución intelectual; sólo puede valerse de la razón enferma como
razón cristiana, toma el partido de todo lo que es idiota, lanza la maldición
sobre el espíritu, sobre la soberbia del espíritu sano. Como la enfermedad
pertenece a la esencia del cristianismo, también el estado típico de ánimo
cristiano, la fe, debe ser una forma de enfermedad, y todos los caminos rectos,
honrados, científicos, que conducen al conocimiento deben ser refutados por la
Iglesia como caminos prohibidos. Ya la duda es un pecado... La falta completa de
limpieza psicológica en el sacerdote- que se revela en su mirada- es un fenómeno
y una consecuencia de la decadencia; obsérvese de un lado las mujeres histéricas,
y de otro los niños de constitución raquítica, y se verá que ordinariamente, la
falsedad instintiva, el placer de mentir por mentir, son manifestaciones de
decadencia. La fe significa no querer saber qué es la verdad. El pietista, el
sacerdote de ambos sexos, es falso porque es un enfermo, su instinto exige que
la verdad no tenga razón en ningún punto.
"Lo que nos hace enfermos es bueno; lo que proviene de la abundancia, del exceso,
del poder, es malo"; así piensa el creyente. Yo adivino a todo teólogo
predestinado por la esclavitud a la mentira. Otro indicio del teólogo es su
incapacidad para la filología. Por filología debe entenderse aquí, en sen-tido
muy general, el arte de leer bien; de saber inter-pretar los hechos, sin
falsearlos con interpretaciones; sin perder, por el deseo de com-prender, la
prudencia, la paciencia, la finura. La filología como ephexis en la
interpretación; ya se trate de libros o de noticias, de periódicos, de destinos
o de hechos meteorológicos, para no hablar de la sal-vación del alma... El modo
en que un teólogo, ya se encuentre en Berlín o en Roma, interpreta una pala-bra
de la Escritura o un acontecimiento, una victoria del ejército nacional, por
ejemplo, bajo la alta luz de los salmos de David, es siempre de tal manera
au-daz que a un filólogo le hace perder la paciencia. ¿Y qué decir cuando los
pietistas y otras vacas de Sua-via justifican su miserable existencia cotidiana
con el dedo de Dios, y de él hacen un milagro de la gracia, de la providencia;
un milagro de santa experiencia? El más modesto empleo del espíritu, para no
decir de la decencia, debería llevar a estos intérpretes a persuadirse de la
completa puerilidad e indignidad de semejante abuso del dedo de Dios. Si se
tuviese en el cuerpo una medida de piedad, por pequeña que fuera, un Dios que
nos cura oportunamente de un constipado o nos hace salir en coche en el mo-mento
en que estalla un gran aguacero, debería ser un Dios tan absurdo que, si
existiese, debería ser abolido. Un Dios cual mensajero, como cartero, como
mercader, es en el fondo una palabra para in-dicar la más estúpida especie de
todos los casos... La Divina providencia, como es aquella en que todavía cree en
la Alemania "culta" una tercera parte de los hombres, sería una objeción contra
Dios como no habría otra más formidable. Y en todo caso es una objeción contra
los alemanes.
53
Es tan falso que los mártires sufran algo por la verdad de
una cosa, que yo me atrevería a negar que ja |